—Señor Serrano, la señorita Rivas fue al hospital, acaba de llegar —informó Carlos con rapidez.
Fabio frunció el ceño: —Entendido.
Colgó de inmediato y se dirigió a paso rápido hacia la entrada del hospital.
Estos días había estado mimando a Vanesa a escondidas de Giselle.
Primero, no quería alterar a Giselle por su estado; segundo, conocía las intenciones de la joven y prefería evitar problemas mayores.
Lo que no esperaba era que apareciera por sorpresa.
Por un instante, lo invadió la irritación.
Aunque no lo demostró; su afecto por ella seguía pesando más que su disgusto.
—Fabio... —lo llamó Giselle, divisándolo en un pasillo.
Él se acercó de inmediato: —¿Qué haces aquí?
Preguntó con dureza; no estaba contento.
Giselle, experta en leer entre líneas, captó al instante el enfado del hombre.
—Ay, ¿ya lo olvidaste? —dijo con un hilo de voz—. Hoy me tocaba mi revisión médica. El doctor me advirtió que el embarazo era de alto riesgo y me pidió venir cada semana para evitar cualquier susto. —Su tono era meloso, casi como un berrinche dulce.
Fabio recordó que, por culpa de los problemas con Vanesa, había descuidado por completo a Giselle.
Y, sin embargo, ella no le reprochaba nada.
Incluso ante sus reclamos, en lugar de discutir, lo trataba con infinita dulzura.
Las comparaciones son odiosas.
Como era natural, sintió una punzada de culpa.
—Lo siento, he tenido demasiado trabajo estos días —se disculpó con sinceridad—. Te acompaño a ver al doctor.
—Bueno —asintió Giselle, sin borrar la sonrisa.
Entrelazó su brazo con el de él con total naturalidad, y Fabio no se apartó.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ