Fabio no soportaba verla así.
La miró a los ojos y fue tajante: —Deja de armarte películas. Entre ella y yo no hay nada. Ahora mismo, lo único que me importa es que tenga a ese bebé, sano y salvo.
A medida que hablaba, apretó los dientes.
Recordó las constantes discusiones, el repentino cambio en el testamento que lo había acorralado.
Y todo por culpa de su esposa.
Su repulsión hacia Vanesa se desbordó en cada poro de su piel.
—¿Qué ocurre? —preguntó Giselle con cara de no romper un plato.
Y como si de pronto lo hubiera entendido todo, se apresuró a pedir perdón: —Lo siento, no debería meterme. Si haces esto, seguro tienes un buen motivo.
Esa actitud tan complaciente lo desarmaba.
Obviamente, él no iba a dejarla sentirse mal.
—El abuelo dejó un testamento suplementario —explicó, mirándola fijamente—. En resumen, estipula que debo estar casado siete años con ella y tener un hijo en común para heredar. Por eso, ahora que está encinta, me veo obligado a mimarla para que dé a luz.
Giselle no se esperaba esa revelación.
Pero le fue imposible disimular el brillo de triunfo en sus ojos.
Estar viendo a Fabio derrochando atenciones con su esposa, sin separarse de ella ni a sol ni a sombra, la tenía muerta de miedo.
Temía que él se hubiera enamorado.
Temía que su teatrito de años se viniera abajo, y sobre todo, que él la botara a la calle.
Por eso había corrido hasta allí.
Pero las palabras de su amante le devolvieron el alma al cuerpo.
Su mirada se desvió con malicia hacia la esquina donde aguardaba Vanesa.
—¡No me digas! —exclamó con exagerada sorpresa, su voz destilando miel—.
Luego, pestañeando con inocencia, preguntó a Fabio: —¿Pero... Vanesa lo sabe? Qué lástima me da, pobrecita...
—Bah, ¿qué importa si lo sabe o no? —resopló él con desdén. Su tono era pura frialdad—. Para mí, ella no es más que un simple vientre de alquiler, y ese bebé solo es un medio para alcanzar un fin.
Escuchar eso fue música para los oídos de Giselle.


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