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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 87

Vanesa pegó un respingo y salió corriendo a ver qué había pasado.

El corazón le dio un vuelco al encontrar a la señora tirada en el suelo. Se apresuró a ayudarla a levantarse.

—¡Señora Celia! —exclamó con el alma en un hilo.

Al tocarla, se dio cuenta de inmediato de que estaba ardiendo en fiebre.

La fiebre, sumada a sus años, la había mareado y provocado su caída.

Vanesa la acomodó en el sofá y fue a buscar la caja de medicinas.

Para su mala suerte, no quedaba ni una sola pastilla para bajar la temperatura.

Sin pensarlo dos veces, agarró unos billetes y se preparó para salir.

Pero la señora Celia la sujetó del brazo, haciéndole señas frenéticas advirtiéndole del peligro.

—Tranquila, no pasa nada, solo voy a la farmacia. Voy a pagar en efectivo, así que es imposible que me rastreen —trató de calmarla.

La mujer, aunque con recelo, asintió.

La joven bajó las escaleras apresurada, confiando en que todo saldría bien.

Pensó que comprar el medicamento no le tomaría ni diez minutos, ¿qué podría salir mal?

Además, la farmacia estaba a escasos metros del edificio.

A pesar de estar abrigada, su esbelta figura no daba la más mínima pista de su embarazo.

Compró rápidamente lo necesario para la fiebre y la inflamación, entregó el dinero en efectivo y salió de la botica tratando de pasar desapercibida.

Apenas puso un pie en la calle, el ensordecedor chirrido de unos neumáticos frenando de golpe la paralizó.

Fabio la había visto.

Frenó su auto y se bajó de un salto para ir tras ella.

Pero, para cuando intentó alcanzarla, ella ya se había esfumado entre la gente.

La mirada de Fabio se oscureció de rabia.

En ese momento llegó Carlos Medina, jadeando: —Señor Serrano.

—Registren toda esta zona, Vanesa no debe andar lejos —ordenó Fabio, sin dudarlo.

—Ya peinamos el área —se apresuró a explicar Carlos—. El único lugar que no revisamos es el complejo residencial militar. Es jurisdicción del ejército, y si nos metemos podríamos meternos en un buen lío.

Reconoció la marca de inmediato: era la preferida de Vanesa, y curiosamente, era el único local de esa pastelería; no tenían sucursales.

Aunque no le prestara mucha atención, de tanto ver a su esposa disfrutar de esos rollos de canela, le habían quedado grabados en la memoria.

Sin dudarlo, dio media vuelta y caminó directo al local.

Y allí la vio, reconociendo aquella silueta familiar al instante.

¡Era Vanesa!

Un mes después de su desaparición, al fin la tenía frente a sus ojos.

Estaba más delgada.

Nadie creería que esperaba un hijo, de lo fina que se veía.

Parecía que cualquier ventarrón fuerte podría levantarla del suelo.

Estaba frente a la vitrina, acariciando su vientre con delicadeza mientras elegía.

La suave expresión en su rostro reflejaba una inmensa ternura.

Fabio se quedó embobado observándola, con la mirada cargada de emociones encontradas.

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