Una avalancha de recuerdos sobre Vanesa inundó la mente del hombre.
Se acordó de cuando caía enfermo, y ella no se despegaba de su lado, cuidándolo y mimándolo con infinita paciencia.
Recordó cómo ella organizaba cada detalle de su vida cotidiana; nunca tenía que preocuparse ni por la ropa que se iba a poner al día siguiente.
Si ella le armaba la maleta para un viaje de negocios, todo iba perfectamente ordenado y jamás le faltaba absolutamente nada.
Y cuando andaba de mal humor y le gritaba para desahogarse, ella simplemente se quedaba callada, aguantando sus desplantes.
Al recordar todas esas facetas de su esposa, el contraste con Giselle le saltó a la cara.
Cuando él más necesitaba a Giselle, ella siempre estaba ocupada con sus cosas de actrizucha, y apenas le dedicaba unas palabras bonitas por teléfono.
Las veces que Giselle había intentado ocuparse de sus cosas, terminaba armando un desastre.
Si ella le empacaba la maleta, era un suplicio encontrar lo que buscaba.
Y si le alzaba la voz, la mosquita muerta se hacía la ofendida como si fuera el fin del mundo.
Ese choque de realidades fue como una bofetada que lo dejó sin aliento.
Y resulta que la mujer que jamás le había reclamado nada, lo había dejado de la noche a la mañana.
Ocultó las manos en los bolsillos y apretó los puños con rabia.
De pronto, notó que Vanesa parecía tener un problema en la caja y miraba al empleado con la cara roja de vergüenza.
Volvió en sí y entró a la pastelería a paso firme.
Vanesa, ajena a su presencia, se sentía terriblemente apenada frente al dependiente.
Había salido solo con el dinero justo para las medicinas, sin un centavo extra.
Así que no tenía cómo pagar los pastelillos.
—Mil disculpas... no traigo suficiente efectivo y no puedo usar el teléfono para pagar. ¿Me permitiría ir a buscar dinero y regresar a cancelar la cuenta? —preguntó Vanesa, con la voz temblorosa por el bochorno.
El empleado la miró un poco extrañado, pero aceptó: —Está bien.
Vanesa le sonrió, aliviada.


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