A la mañana siguiente, Eulalia llamó a Catalina.
—Cata, ese señor Zapata del que me hablaste... ¿quién es realmente?
Al otro lado de la línea, la voz de Catalina sonaba genuinamente confundida.
—¿Qué pasó, mamá? Te escucho muy alterada.
Eulalia le resumió el incidente: cómo el hombre intentó propasarse y cómo la insultó. Finalmente, bajando la voz, le confesó que Rosendo estaba en el mismo lugar y había sometido al agresor.
Se hizo un pesado silencio antes de que Catalina hablara con tono lastimero.
—No puede ser... Mamá, te juro que no tenía idea de que fuera esa clase de persona. Un amigo me lo recomendó, me dijo que era un gran partido y yo... ¡Ay, Dios! ¿Gretel está bien?
Pero, del otro lado, apretaba los puños con una mirada llena de odio.
«¡Maldita zorra! ¡Se atrevió a usar a Rosendo para que la defendiera!»
Al escuchar a su hija tan afligida, Eulalia suspiró.
—Por suerte no pasó a mayores.
—Qué susto... Todo es culpa mía, debí investigar mejor antes de recomendárselo a mi hermana —dijo Catalina tras una pausa—. Mamá, ese tipo resultó ser un patán, pero me dijeron que tiene un amigo que sí es decente y de buena familia, tal vez podríamos...
—Por ahora, no —la interrumpió Eulalia frotándose las sienes, que le palpitaban de dolor—. Con este escándalo, lo mejor es dejar las cosas en paz unos días.
Catalina guardó silencio un segundo. Un destello oscuro cruzó sus ojos, aunque su voz siguió siendo melosa.
—Supongo que tienes razón. Es solo que...
—¿Qué pasa?
—Nada importante —murmuró Catalina, fingiendo inocencia—. Es solo que escuché que Rosendo le arruinó la primera cita a mi hermana, y ahora resulta que también estuvo en la segunda... Me da mucho miedo, mamá. Tengo miedo de que vuelvan a enredarse.
Eulalia se quedó en silencio, aferrando el teléfono.
—No te llenes la cabeza de esas ideas, Cata. Yo me encargo de esto.

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