—Averigua quién alteró la bebida de Gretel en la fiesta de anoche.
Del otro lado de la línea se escuchó a alguien dándose la vuelta en la cama. Al instante, Zacarías respondió con una voz que delataba que acababa de despertar a la fuerza:
—Sí, señor Almenar.
Esa misma tarde, una noticia se volvió viral.
Felipe Riva, el hijo menor de la familia Riva, era sospechoso de múltiples delitos y las pruebas pertinentes ya habían sido entregadas a la policía.
La noticia venía acompañada de una foto suya siendo escoltado a una patrulla por dos policías. Estaba vestido de pies a cabeza con ropa de marca, pero su rostro reflejaba pura humillación y desconcierto.
Al ver la noticia, Rosendo dejó el iPad a un lado con indiferencia. Abrió el informe trimestral que tenía enfrente y comenzó a leerlo rápidamente.
En ese momento, su celular vibró.
El nombre en la pantalla hizo que sus dedos se detuvieran: Gretel.
Contestó, y de inmediato escuchó la voz de ella, ligeramente ronca.
—Señor Almenar, gracias por lo de anoche. En cuanto a su traje... le compraré uno nuevo para compensarlo.
Fueron solo unas pocas palabras en un tono estrictamente profesional, como si estuviera cerrando un negocio con él.
Y, sin embargo, en la mente de Rosendo cruzaron las imágenes de la noche anterior, sin previo aviso... El calor abrazador de su rostro contra su abdomen... su cabello despeinado... y aquel balbuceo: «Ayúdame».
La garganta se le secó por completo. Emitió un simple «Mhm» y cortó la llamada.
Al segundo siguiente, estampó bruscamente el teléfono contra el escritorio con un golpe seco.
Se aflojó la corbata, bajándola un par de centímetros. Luego tomó el café que tenía al lado, bebió un gran trago y, tratando de recuperar la compostura, fijó su vista de nuevo en el informe.
Gretel vio la pantalla que indicaba el fin de la llamada. Una expresión de amargura cruzó su mirada, pero prefirió restarle importancia.
Se puso la ropa que le había traído Zacarías, entregó la habitación en la recepción y se dirigió a la sastrería a la que Rosendo solía ir.
Apenas el empleado escuchó el nombre del «Señor Almenar», entendió la situación y sacó varios trajes oscuros ya confeccionados para que ella eligiera.
—Por favor, envuelva este.

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