Seguro no lo hizo a propósito.
Con solo pronunciar esas palabras, las miradas de todos los presentes se clavaron en Gretel.
Eulalia también levantó la vista, mirando a su hija biológica con el rostro lívido y lleno de furia.
Catalina escondió la cara en el pecho de su madre, sus hombros sacudiéndose mientras sollozaba:
—Mamá, no culpes a Gretel, fui... fui yo la que perdió el equilibrio...
En un rincón donde nadie podía verla, los ojos de Catalina destellaron con una frialdad triunfante, y las comisuras de sus labios se elevaron de forma casi imperceptible.
Gretel se quedó rígida en su lugar. La mirada de decepción y profundo odio de Eulalia, sumada a los juicios de los invitados, la ahogaban como una ola aplastante.
—¿Qué pasó? ¿La hermana mayor empujó a la menor al agua?
—No puede ser... ¿Cómo alguien puede ser tan cruel?
—¿Pues qué más va a ser? Envidia. ¿No le vieron la cara durante la cena? Seguro no soporta que la señora Mendoza trate tan bien a la señorita Catalina.
—¡Mami! —Vale llegó corriendo desde lejos y se aferró con fuerza a las piernas de Gretel.
La niña estaba pálida, y sus enormes ojos oscuros estaban llenos de lágrimas.
—¡Mi mami no la empujó! ¡No lo hizo!
»Buaa... t-todos ustedes son malos, son malos...
Con sus cuatro añitos, la niña estaba furiosa; su vocecita entrecortada defendía a su madre con desesperación.
Gretel respiró hondo y bajó la mirada. Acarició con suavidad la cabecita de la niña, protegiéndola para que no viera los rostros llenos de asco y desprecio que las rodeaban.
Luego, habló con absoluta calma:
—Mamá, yo no la empujé.
Pero, en ese momento, Eulalia estaba sorda a cualquier explicación.
Solo tenía ojos para Catalina, que temblaba en sus brazos. Cuando miró a Gretel, lo hizo con la más profunda decepción.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder