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El Marido que no supo perder romance Capítulo 123

Vale estaba aterrada. Las lágrimas brotaron de sus ojos de inmediato, y su cuerpecito, aferrado a las piernas de Gretel, temblaba sin cesar mientras lloraba a mares.

—Mami... buaa... no, no le peguen a mi mami...

La mano de Eulalia quedó suspendida en el aire. Un destello de arrepentimiento cruzó por sus ojos, pero, para no perder el orgullo, señaló a Gretel con frialdad.

—¡Vete a tu casa y piensa en lo que hiciste! ¡Si no eres capaz de reconocer tu error, no vuelvas a poner un pie en esta casa!

Gretel mantuvo el rostro girado. Su cabello desordenado le caía sobre la cara, ocultando gran parte de la piel enrojecida e hinchada.

Justo cuando todos esperaban que rompiera en llanto y empezara a suplicar o a justificarse, ella giró la cabeza lentamente. Miró a Eulalia con una tranquilidad absoluta y, sin decir una palabra, se inclinó para levantar en brazos a la pequeña Vale, que no paraba de llorar.

Vale escondió su carita empapada de lágrimas en el cuello de su madre. Su cuerpo daba pequeños saltos por los sollozos mientras balbuceaba: «Malos... todos malos...».

Gretel caminó hacia la salida con la niña en brazos. Al pasar junto a Rosendo, no se detuvo.

Él apretó los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos, pero no la detuvo.

Cuando la figura de Gretel desapareció por completo, un atisbo de angustia y confusión apareció en la mirada de Eulalia.

Catalina, sentada en el suelo y envuelta en la toalla, miró de reojo la espalda de Gretel alejándose y luego, sintiéndose victoriosa, giró la cabeza hacia Rosendo...

¡Él estaba mirando a esa maldita de Gretel!

¡Tenía una mirada compleja, totalmente distinta a la forma en que la miraba a ella!

Catalina bajó la cabeza para ocultar el odio que le hervía en los ojos, clavándose las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que casi se lastima.

***

Las grandes puertas de la mansión Mendoza se cerraron a sus espaldas.

Vale seguía llorando, pero su vocecita ya era más bajita.

—Mami no llore, Vale te cura... sana, sana...

Con los ojos enrojecidos, Gretel le dio suaves palmaditas en la espalda, marcando un ritmo lento y tranquilizador.

Intentó hablar para calmarla, pero al abrir la boca sintió como si tuviera un nudo de algodón en la garganta. No pudo emitir ni un solo sonido.

Sin otra opción, se rindió y se limitó a acariciar la espalda de la niña, dejando que se calmara por sí sola.

Las lágrimas resbalaron por sus mejillas en completo silencio.

Al segundo siguiente, unos deditos suaves y cálidos limpiaron las lágrimas de su rostro.

—Mami...

La pequeña se había arrodillado en el asiento del auto y estiraba sus bracitos con torpeza para secarle la cara.

—Mami, ¿por qué lloras?

La voz de la niña estaba ronca de tanto llorar. El corazón de Gretel se estrujó; rápidamente se limpió el rostro con la mano y esbozó una sonrisa suave.

—Viste mal, mi amor. Mami no está llorando —dijo Gretel, manteniendo la voz lo más firme posible, mientras le acariciaba la cabeza—. Fue el viento, que me hizo llorar los ojos.

Vale ladeó la cabeza, como si no terminara de entenderlo, pero estiró sus bracitos y se colgó del cuello de Gretel.

—Entonces, cierra la ventana. Si la cierras, el viento ya no entrará.

Gretel sintió un nudo en la garganta. Apoyó la barbilla sobre la cabecita de la niña, la abrazó más fuerte y murmuró un suave «sí».

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