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El Marido que no supo perder romance Capítulo 124

El cristal de la ventana subió lentamente. El interior del auto quedó en silencio, roto solo por la vocecita apagada de la niña:

—Mami, ya no vamos a ir a la casa de la abuela, ¿verdad?...

Gretel no respondió. Solo desvió la mirada hacia la ventana.

***

Al día siguiente, Gretel pidió un raro permiso en el trabajo. Planeaba llevar a Vale al acuario para que ambas se distrajeran un poco.

Inesperadamente, alrededor de las diez de la mañana, sonó el timbre.

En ese momento, Gretel acababa de peinar a Vale con unas trenzas y de cambiarle de ropa; solo faltaba salir por la puerta.

La niña, vestida con un hermoso vestido lila y zapatitos blancos, corrió emocionada a abrir.

Al ver quién estaba afuera, soltó un grito de alegría.

—¡Abuela Sofía!

Sofía Almenar estaba en la puerta, sosteniendo un termo de comida en una mano y una caja rosa de pastel en la otra. Con una sonrisa llena de ternura, se agachó, apoyó el termo en el suelo y usó la mano libre para pellizcar suavemente la mejilla de Vale.

—Pero mira nada más, qué hermosa está mi niña hoy. ¿Van a salir a pasear?

Sofía llevaba una blusa de seda color lila pálido que la hacía lucir aún más cálida y elegante de lo normal.

—¡Sí, sí! —Vale sonreía radiante y tomó a Sofía de la mano para hacerla pasar—. Mami está en casa.

Sofía miró el termo y detuvo a la pequeña.

—Espera un momento, hermosa. Este es un pastelito que la abuela te preparó. Es de fresa.

Se lo ofreció.

Los ojos de Vale se iluminaron al instante. Dio las gracias y tomó la caja, corriendo hacia adentro mientras gritaba:

—¡Mami, mami! ¡Llegó la abuela Sofía!

Sofía sonrió, tomó el termo y entró detrás de ella.

Gretel salió del baño. La hinchazón del lado izquierdo de su rostro había bajado bastante, y se había retocado el maquillaje; a simple vista, no se notaba.

«¿Todo esto lo preparó ella misma?»

Antes de que pudiera reaccionar, Sofía, que se movía por la casa con absoluta familiaridad, sacó un plato hondo de la cocina y le sirvió una porción del caldo.

El caldo estaba bien condimentado, de un color dorado brillante y emitía un vapor reconfortante.

Gretel lo tomó mecánicamente y bebió un sorbo. El líquido tibio bajó por su garganta y le calentó el estómago.

Sintió que los ojos le empezaban a picar otra vez.

—...¿Está rico? —preguntó Sofía, sentada a su lado con tono casual, aunque la observaba con una mirada profunda.

Gretel era una mujer maravillosa, pero tenía el defecto de pensar demasiado en los demás; se guardaba todo el dolor para sí misma.

—Sí, está riquísimo —murmuró Gretel, sin atreverse a levantar la vista.

Sofía suspiró en silencio. Extendió la mano y le acomodó detrás de la oreja un mechón de cabello que le había caído sobre el rostro.

Fue un gesto tan suave y natural que hizo temblar la mano de Gretel, que aún sostenía el plato.

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