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El Marido que no supo perder romance Capítulo 126

Rosendo se quedó en la habitación acompañándola casi dos horas. Solo cuando la medicación hizo efecto y ella se calmó, se levantó para irse.

En su teléfono, tenía un mensaje que uno de sus amigos más cercanos le acababa de enviar.

[Rosendo, Mateo reservó en el lugar de siempre. ¿Vienes?]

Sintiéndose un poco abrumado y fastidiado, Rosendo dudó un segundo antes de responder: [Voy.]

***

Al atardecer, el auto de Nerón Zúñiga se estacionó frente a un exclusivo club privado en el centro de la ciudad.

Gretel se bajó del asiento del copiloto y miró hacia arriba los elegantes letreros dorados que decían «Club de Campo El Monte».

Hoy llevaba puesta una chaqueta estilo sastre de alta costura, un suéter blanco de cuello alto y unos jeans ajustados, con el cabello suelto cayendo con naturalidad sobre sus hombros.

Ese estilo le quitaba un poco de esa frialdad y distancia que solía proyectar, dándole un aire mucho más dulce y accesible.

—¿Estás seguro de que es buena idea traerme?

Nerón dio la vuelta al auto, metió una mano en el bolsillo del pantalón y le sonrió.

—¿Por qué no lo sería? Todos son amigos. No te preocupes, son muy fáciles de tratar.

Gretel lo miró de reojo y, sin decir más, caminó a su lado hacia la entrada.

El salón privado estaba en el tercer piso. Al abrir la puerta, ya había unas cinco personas sentadas, entre ellas una mujer.

El primero en levantar la vista fue un hombre con lentes de armazón dorado. Al ver a Gretel detrás de Nerón, casi se le cae el habano de la mano.

—¡Caramba! —Se quitó los lentes, los limpió con exageración y se los volvió a poner para asegurarse de que no estaba viendo visiones, antes de guiñarle el ojo a los demás—. Qué milagro que nuestro querido señor Zúñiga traiga a su novia. ¡Es la primera vez en la historia, señores, un evento sin precedentes!

Todos en la mesa voltearon a mirarlos, con los ojos llenos de curiosidad.

Gretel se detuvo en seco, y un destello de incomodidad cruzó por su rostro.

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