Al escuchar esa frase, Catalina se tranquilizó casi de inmediato. Apoyó el rostro en su pecho y esbozó una leve sonrisa.
Aunque él no lo juró, lo conocía bien.
Hacer que pronunciara esas palabras ya había sido un gran esfuerzo; no podía pedirle más.
Además, él siempre cumplía lo que prometía.
***
A las cuatro de la tarde del día siguiente, Gretel recibió una llamada de Eulalia, citándola en una cafetería cercana a su consultorio.
Le dijo que quería hablar con ella.
Gretel se puso una blusa color crema con cuello de volantes y unos pantalones de corte recto en tono gris claro. Llevaba el cabello suelto, sin una gota de maquillaje.
Cuando llegó, Eulalia ya estaba sentada en una mesa junto a la ventana.
Vestía un traje hecho a medida de Chanel, un collar de perlas doradas y lucía un maquillaje pulcro que evidenciaba lo bien que se cuidaba. A pesar de tener cincuenta años, apenas aparentaba unos cuarenta.
—Qué bueno que llegas. Toma asiento.
Eulalia la invitó a sentarse y le hizo una seña al mesero.
—Tráigame un latte caliente con leche de avena.
Gretel se sentó, dijo «Mamá», y no volvió a abrir la boca. Tampoco trató de impedir que ordenara por ella.
Eulalia no tenía prisa. Primero le hizo algo de plática trivial, le preguntó si tenía mucho trabajo, cómo estaba Valentina y cosas por el estilo, actuando como una madre normal.
Poco después, tomó su café, le dio un sorbo, bajó la taza y fue directo al grano.
—Ayer, cuando Cata llegó a la casa, perdió por completo el control. Estuvo haciendo rabietas toda la noche.

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