Samuel se sentó en el sofá con total naturalidad, sin siquiera dignarse a mirar a Catalina.
Para entonces, ella ya había reaccionado. Rápidamente dibujó una sonrisa rígida en su rostro, se acercó a él y tomó la iniciativa de saludar.
—Hola, soy Catalina, la pareja de Rosendo, es decir, tu cuñ...
—Sé quién eres —la cortó Samuel, levantando la mirada sin ofrecerle la mano. Su tono era educado, pero completamente distante—. Rosendo y yo tenemos asuntos de los qué hablar. ¿Te importaría retirarte?
La mano de Catalina se quedó suspendida en el aire. La sonrisa estuvo a punto de borrarse de su rostro.
Rosendo seguía inmerso en su trabajo y ni siquiera se había percatado del incómodo intercambio.
—...Claro. Entonces me voy. Como Rosendo siempre está tan ocupado, si algún día necesitas algo, también puedes buscarme a mí.
Catalina apretó el celular con fuerza, luchando por mantener su fachada amigable.
—No será necesario. Tú y yo no somos cercanos.
Llegados a ese punto, quedarse un segundo más sería una humillación voluntaria.
Catalina respiró hondo, se despidió de Rosendo y salió de la oficina.
Cuando la puerta se cerró, la habitación quedó en silencio por unos segundos.
Samuel se quitó la gorra, la dejó sobre la mesa de centro y se recostó en el sofá, relajándose por completo.
—Si ni siquiera tienen un acta de matrimonio, ¿por qué no le dejas las cosas claras de una vez por todas?
Rosendo terminó de firmar el último documento, cerró la carpeta, tomó su taza de café y lo miró.
—Ese no es un asunto en el que debas meterte.
—¿Y por qué no? —Samuel arrugó la nariz—. Esa mujer no me agrada en lo absoluto. ¿Acaso sientes algo por ella...?
—Samuel.
Rosendo dejó la taza sobre el escritorio. No alzó la voz, pero su expresión fue tan gélida que el chico cerró la boca al instante.
Samuel hizo una mueca, pero decidió no presionar más.
***
Catalina regresó directamente a la Mansión Almenar.
Estaba de un humor pésimo. Se cambió de ropa, se puso algo cómodo y se sentó en el sofá de la sala a esperar.
«¡¿Un carácter directo?!»
¡Estaba clarísimo que el mocoso la detestaba!
***
A la mañana siguiente, Catalina, incapaz de sacarse la frustración del pecho, fue a visitar a la familia Mendoza.
Sentada junto a Eulalia Mendoza, sosteniendo una taza de té que humeaba suavemente, mencionó el incidente del día anterior como si no le diera importancia.
—Mamá, resulta que Rosendo tiene un hermano. Se apellida Soler, creo que se llama... Samuel. Había estado viviendo en el extranjero y al parecer acaba de regresar.
Eulalia dejó su taza en el platillo.
—¿Samuel Soler? Rosendo nunca lo había mencionado.
—Si usted no lo sabía, imagínese yo. Me enteré ayer mismo —dijo Catalina, bajando la mirada y haciendo temblar sus pestañas—. Mamá, él... parece tenerme mucho rencor. Me trató con una falta de respeto increíble, y todo frente a Rosendo.
Eulalia le dio unas suaves palmadas en el dorso de la mano y frunció el ceño para tranquilizarla.
—Es solo un muchachito inmaduro, ¿qué va a saber de la vida? Es joven y maleducado, no te tortures pensando en eso.

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