La respiración de Rosendo se volvió un poco más pesada por una fracción de segundo, y la mano que descansaba sobre su rodilla se cerró lentamente hasta formar un puño.
No volteó a verla, pero con el rabillo del ojo vigilaba de cerca cada uno de sus movimientos.
La observó mientras se secaba las lágrimas presionando delicadamente las comisuras de sus ojos con el pañuelo de seda, y notó cómo sus emociones comenzaban a estabilizarse.
—Gracias —dijo Gretel, sosteniendo el pañuelo sin devolvérselo de inmediato.
Como lo había manchado con sus lágrimas, y sabiendo lo obsesivo que era él con la limpieza, pensó que sería mejor lavarlo antes de entregárselo...
—De nada.
Rosendo asintió y su nuez de Adán subió y bajó con lentitud.
***
En los camerinos del estadio.
Gretel estaba frente a la puerta del camerino sosteniendo un ramo de rosas que había encargado con anticipación.
Al abrir la puerta, Samuel salió corriendo; aún llevaba el maquillaje puesto y el cabello mojado por el sudor.
Se había cambiado la extravagante chaqueta de lentejuelas por una cómoda camiseta negra de diseñador, y la cadena plateada tintineaba en su pecho con cada paso.
—¡Hermana! —Samuel recibió las flores con una sonrisa que dejaba a la vista sus colmillos. Justo cuando iba a darle un abrazo enorme, notó de reojo la figura imponente detrás de ella y se detuvo en seco.
Rosendo estaba de pie, con su impecable camisa gris de diseñador sin una sola arruga.
Se mantenía medio paso detrás de Gretel. No estaba haciendo nada en particular, pero esa aura intimidante de alguien acostumbrado a dominar se dejaba sentir en el ambiente.
Samuel bajó los brazos, se paró derecho, algo incómodo, y lo saludó con profundo respeto:
—Rosendo.
Rosendo asintió levemente. Su mirada se posó en el rostro rebosante de energía del muchacho, y con su voz grave comentó:
—Estuviste muy bien.
Al recibir el halago de su mayor patrocinador, a Samuel casi se le sube el ego hasta el cielo. Se volteó, tomó la mano de Gretel y le guiñó un ojo.

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