Gretel notó su reacción, frunció el ceño y dio un paso sutil para escudar a Samuel por completo detrás de su espalda.
Marta chasqueó la lengua y apartó la mirada.
Estaba segura de que se había confundido. Si alguna vez hubiera conocido a un muchacho tan atractivo y con tanta personalidad, lo recordaría a la perfección.
Al pensarlo, el desprecio en los ojos de la mujer se volvió aún más evidente.
—¡Señor Almenar! —Lorenzo vio al instante la imponente figura de Rosendo detrás de ellos. Se levantó de golpe, con una sonrisa obsequiosa, se inclinó ligeramente y extendió la mano con sumisión—. ¡Qué coincidencia! ¿También vino a cenar? Hace un momento Cata no dejaba de hablar de usted...
La expresión de Rosendo no se inmutó, y ni siquiera le echó una mirada a la mano que Lorenzo le ofrecía.
—Señor Soler. Tanto tiempo.
La mano de Lorenzo se quedó congelada en el aire; no sabía si retirarla o dejarla ahí. La carne de sus mejillas tembló un par de veces por la vergüenza.
Al ver a su marido humillado, a Marta le hirvió la sangre, pero como no se atrevía a reclamarle nada a Rosendo, dirigió toda su rabia hacia Gretel.
—¿Y tú qué te crees, niña insolente? ¿Por qué andas tan pegada a Rosendo?
Gretel mantuvo la calma. Levantó la vista para enfrentarla y abrió la boca dispuesta a contestar.
Pero, de repente, Rosendo estiró su brazo, agarró la mano de Gretel con firmeza y, sin importarle las miradas de los demás, entrelazó sus dedos con los de ella.
La palma del hombre era ardiente y firme. Antes de que ella pudiera siquiera reaccionar, él tiró de ella con suavidad pero con fuerza, pegándola a su costado.
Gretel contuvo el aliento; el calor que emanaba de su mano hizo que las orejas le ardieran.
Trató de zafarse, pero fue inútil. Al contrario, el agarre se volvió aún más apretado, dejando claro que no aceptaría una negativa.
Catalina, que estaba a unos pasos, vio toda la escena con absoluta claridad.
Clavó la mirada en las manos entrelazadas, hundiendo las uñas en las palmas hasta lastimarse, mientras su rostro perdía hasta la última gota de color.
—Rosendo...
Catalina caminó hacia ellos. Sus ojos estaban enrojecidos y gruesas lágrimas comenzaron a rodar por su rostro pálido.


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