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El Marido que no supo perder romance Capítulo 250

Aunque el encuentro con esas personas les había agriado un poco el ambiente, cuando sirvieron los exquisitos y elegantes platillos, una pequeña sonrisa volvió a asomarse en el rostro de Gretel.

Rosendo levantó la delicada taza de té de porcelana y miró a Samuel arqueando una ceja.

—¿Estás bien?

La mano de Samuel se detuvo, mientras los recuerdos de hace tantos años bombardeaban su mente.

Los insultos de sus padres, las caras horribles que ponían cuando intentaban obligar a su hermana a casarse por dinero... y aquel maldito camión estrellándose de frente...

Todo ese pasado sofocante, llevado al límite absoluto, casi lo arrastra de vuelta al abismo.

Bajo la mesa, Gretel buscó su mano, la agarró con firmeza y le dio un apretón reconfortante.

Samuel giró la cabeza, encontró el rostro sereno y centrado de ella, y toda la tensión abandonó su cuerpo de golpe.

Forzó una sonrisa.

—En realidad ya no importa, es solo que, al verlos de repente, sentí que no estaba acostumbrado.

Gretel respiró aliviada, lo soltó, tomó los cubietos y eligió un trozo de pescado. Le quitó las espinas con mucho cuidado y lo colocó en el plato de su hermano.

—Come bastante, te he visto muy delgado últimamente. El concierto te debió quitar mucha energía; mañana le diré a Melisa que te prepare una buena sopa para que te recuperes.

—... ¡Tú siempre tan linda conmigo, hermana! —A Samuel se le iluminó el rostro y comenzó a comer con ganas.

Rosendo clavó su mirada en aquel trozo de pescado, y mientras veía cómo Samuel se lo llevaba a la boca, cerró el puño debajo de la mesa.

Frunció el ceño de forma casi imperceptible y luego desvió la atención hacia Gretel.

Desde que se sentaron hasta ese momento, ella ni siquiera lo había mirado de reojo; toda su atención estaba volcada en Samuel...

El celular sobre la mesa comenzó a vibrar. La pantalla indicaba que la llamada era de Manuel Jiménez, el director legal corporativo.

Rosendo contestó y al otro lado de la línea se escuchó la voz diligente de Zacarías Quiroga.

—Señor Almenar, tiene programada la videoconferencia para la adquisición internacional a las dos de la tarde...

—Pospónla.

Antes de que Zacarías pudiera terminar la frase, Rosendo colgó con expresión gélida.

Dejó el teléfono sobre la mesa con desinterés, tomó sus propios cubiertos, agarró una suculenta costilla al ajo y la dejó frente al plato de Gretel, con el rostro impasible.

Gretel miró la carne, le dio las gracias y luego llamó al mesero.

Rosendo ignoró la pregunta. Simplemente tomó su pijama y caminó hacia el baño.

—...

Cuando salió, vestido con el elegante pijama de seda oscuro, la expresión de Gretel ya se había serenado un poco.

La cálida luz ámbar de la habitación se proyectaba sobre él, enalteciendo su rostro increíblemente atractivo y haciendo imposible no mirarlo.

Ella se aclaró la garganta a modo de advertencia.

—Señor Almenar, ya terminó de usar el baño, sería bueno que se retirara. Quiero dormir.

Los ojos de Rosendo se oscurecieron. No solo no se fue como ella exigía, sino que caminó directo hacia la enorme cama en el centro del cuarto.

Bajo la mirada estupefacta de Gretel, levantó las sábanas y se recostó.

—Rosen...

Apenas pudo pronunciar su nombre, cuando un relámpago cegador cruzó el cielo tras la ventana.

Inmediatamente después, el estampido sordo de un trueno retumbó en la noche.

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