Las pupilas de Gretel Mendoza temblaron. Su cuerpo se estremeció sin control y, por mero instinto, se abrazó a sí misma.
A los dieciocho años, Lorenzo y Marta Soler habían sido tan crueles como para encerrarla en el ático. Una noche hubo una tormenta eléctrica exactamente igual a esta. Todavía recordaba la asfixia, la humedad y la aterradora oscuridad de aquel lugar.
Su respiración se aceleró y sintió una fuerte opresión en el pecho.
Al segundo siguiente, una figura imponente que emanaba un sutil aroma a bergamota y madera se cernió sobre ella, cubriéndola por completo.
Las manos grandes y cálidas de Rosendo Almenar se posaron sobre sus oídos.
El estruendo de los truenos quedó bloqueado casi en su totalidad. El calor increíble que desprendía el cuerpo del hombre pareció disipar el frío de hace tantos años.
—No tengas miedo —dijo él, con el ceño fruncido y la voz sumamente ronca.
Gretel se quedó paralizada, con los bordes de los ojos ardiéndole por las ganas de llorar.
Las gruesas gotas de lluvia golpeaban con fuerza los ventanales de piso a techo, produciendo un repiqueteo incesante.
Rosendo bajó la mirada y se fijó en el enrojecimiento de sus ojos. Frunció el ceño, se inclinó ligeramente y presionó sus finos y fríos labios contra los de ella.
Al principio, fue un roce contenido, pero gradualmente se fue profundizando.
Sin que ella se diera cuenta, una de las manos grandes y de largos dedos del hombre pasó de sus oídos a su nuca, mientras la otra, como si tuviera voluntad propia, se deslizó por su espalda baja. Con un suave tirón, la apretó por completo contra su pecho.
Gretel se vio envuelta en aquel beso. Por un instante, olvidó el frío del ático y el rugir incesante de la tormenta; en su mundo solo quedó ese hombre que le hacía perder la compostura.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que Rosendo la soltara.
Él respiraba con pesadez, apoyando su frente contra la de ella, mientras un intenso deseo ardía en sus ojos oscuros.
Gretel podía sentir claramente la reacción en el cuerpo de él. Sus orejas y su cuello se tiñeron de un ligero tono carmesí, y su mirada vagaba sin saber dónde posarse.
La expresión de Rosendo se suavizó. Retrocedió medio paso y, con un movimiento fluido, la levantó en brazos.
Tras recostarla en la cama, jaló la manta ligera y la arropó bien.
—Duerme —ordenó.
En cuestión de minutos, la sección de comentarios se inundó con decenas de miles de mensajes.
[¡Cata, mi vida, no llores! ¿Dónde está el señor Almenar? ¿No se supone que no se separa de ti ni un segundo?]
Catalina se desplazó por la pantalla y, finalmente, eligió responder a ese mensaje: [Tiene a alguien más importante a quien acompañar. (Emoji llorando).]
En cuanto se publicó la respuesta, el internet explotó.
[¿Qué significa esto? ¡¿El señor Almenar le fue infiel?!]
[¡Alguien fotografió al señor Almenar en el concierto de Samuel Soler esta noche! ¡Estaba sentado al lado de una mujer!]
[¡Ya la investigué! ¡Esa mujer es la malvada hermana de Cata, Gretel Mendoza! Hace años se metió en la relación, causó que Cata se enfermara y luego provocó el accidente de auto. ¡Y ahora tiene el descaro de seducir a su cuñado! ¡¿Por qué no se muere esa mosquita muerta?!]
[¡Que se muera la robamaridos! ¡Vamos todos a cancelarla!]
La opinión pública creció como una bola de nieve, volviéndose viral a una velocidad aterradora. En muy poco tiempo, un hashtag alcanzó el primer lugar en tendencias: #FueraGretelDeLaCiudad.

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