A diferencia de las clases privadas uno a uno o en grupos reducidos, el curso en el que Rosendo Almenar la había inscrito era un taller grande, de diez personas.
Desde su punto de vista, la equitación o el golf habrían sido mejores opciones, pero como ella acababa de recibir el alta médica tras el accidente automovilístico, no era adecuado que realizara ejercicios de alta intensidad. Después de pensarlo mucho, la inscribió en un exclusivo taller de alta perfumería artesanal.
Era una forma indirecta de obligarla a socializar y hacer amigas.
Gretel Mendoza apenas se había sentado a la mesa cuando varias mujeres cubiertas de joyas se le acercaron.
—Esta señora me parece nueva, nunca la había visto en nuestro círculo —comentó la Sra. Linares, quien llevaba en la mano un exclusivo bolso Himalaya de piel exótica y un collar de esmeraldas de altísima pureza que acaparaba todas las miradas.
—Hola, soy Gretel Mendoza. —Mostró una sonrisa cortés pero distante y, acto seguido, bajó la vista hacia los frascos de esencias que tenía enfrente.
—¿Mendoza? Me suena que hay una familia Mendoza en la ciudad... ¿Y en qué trabaja la señorita Mendoza? —indagó la Sra. Zaldívar, escrutándola de pies a cabeza con una mirada que apenas lograba disimular su altivez.
—Soy psicóloga —respondió Gretel con serenidad.
Al escuchar esto, las mujeres adineradas intercambiaron miradas y se hizo un silencio de varios segundos a su alrededor.
La sonrisa de la Sra. Linares se desvaneció, y su tono de voz adquirió un matiz despectivo.
—Vaya, una simple psicóloga. El nivel de exclusividad de estos talleres está cayendo en picada, ahora dejan entrar a cualquiera...
Otra mujer, vestida con un traje de Chanel, se apresuró a darle la razón:
—Totalmente de acuerdo. ¿Qué temas de conversación podemos tener nosotras con alguien del sector de servicios?
—Sra. Linares, escuché que su marido le compró un diamante rosa de seis quilates la semana pasada en una subasta. ¿Por qué no nos lo muestra para que nos deleitemos un poco?
La Sra. Linares levantó la mano con arrogancia y jugueteó con el enorme anillo en su dedo anular.
—Es solo una baratija, un caprichito. No como otras personas, que jamás en su vida tendrán la oportunidad de ver una joya de este calibre de cerca.
Con razón le había parecido que esa tal Gretel Mendoza vestía de forma tan modesta. Al principio pensó que tal vez era ropa de diseñador hecha a medida y sin etiquetas, pero ahora estaba segura de que la mujer era una muerta de hambre que se había colado.

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