Villa Colina del Sur.
El vehículo se detuvo con suavidad y Rosendo bajó primero.
Los pantalones grises de alta costura lucían impecables, sin una sola arruga a pesar del trayecto.
Se dio la vuelta y, con un movimiento fluido, levantó la mano para proteger el marco de la puerta mientras Gretel bajaba. Acto seguido, entraron juntos a la casa.
La luz de la lámpara de cristal estaba ajustada en un tono cálido y acogedor.
Gretel le entregó el saco impregnado de oud y bergamota a la empleada que salió a recibirlos, y luego se dirigió a Rosendo:
—Me voy a mi cuarto. Que descanses.
La mirada de Rosendo se oscureció. Estiró la mano y, con precisión milimétrica, le apresó la delgada muñeca.
Ella se detuvo y lo miró, confundida.
El hombre era imponente. Dio medio paso hacia ella, envolviéndola instantáneamente en la inmensidad de su sombra.
Las cuentas de sándalo de su muñeca derecha rozaron la piel radiante de ella; el contacto, ligeramente frío, hizo que la mirada de Gretel temblara.
—Gretel. —Su voz sonaba rota por el deseo.
Sin darle tiempo a responder ni a apartarlo, bajó la cabeza y selló sus labios con los de ella.
Quería hacer eso desde que estaban en el auto...
Fue un beso inmensamente tierno, cargado de dudas y contención, pero al mismo tiempo con una intensidad dominante imposible de rechazar.
El aliento de Rosendo la embriagó. Atrapada entre sus brazos, los dedos de Gretel se aferraron inconscientemente a la corbata del hombre.
—Mami, tío Sendo, ¿qué están haciendo?
Una voz infantil y melosa resonó desde lo alto de las escaleras.
En los últimos meses, la pronunciación de la pequeña había mejorado muchísimo.
Ambos se congelaron y se separaron de un salto.
Las mejillas de Gretel se tiñeron de un rubor intenso y muy inusual en ella. Giró el rostro, acomodándose el cabello detrás de las orejas, muerta de vergüenza.

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