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El Marido que no supo perder romance Capítulo 263

Villa Colina del Sur.

El vehículo se detuvo con suavidad y Rosendo bajó primero.

Los pantalones grises de alta costura lucían impecables, sin una sola arruga a pesar del trayecto.

Se dio la vuelta y, con un movimiento fluido, levantó la mano para proteger el marco de la puerta mientras Gretel bajaba. Acto seguido, entraron juntos a la casa.

La luz de la lámpara de cristal estaba ajustada en un tono cálido y acogedor.

Gretel le entregó el saco impregnado de oud y bergamota a la empleada que salió a recibirlos, y luego se dirigió a Rosendo:

—Me voy a mi cuarto. Que descanses.

La mirada de Rosendo se oscureció. Estiró la mano y, con precisión milimétrica, le apresó la delgada muñeca.

Ella se detuvo y lo miró, confundida.

El hombre era imponente. Dio medio paso hacia ella, envolviéndola instantáneamente en la inmensidad de su sombra.

Las cuentas de sándalo de su muñeca derecha rozaron la piel radiante de ella; el contacto, ligeramente frío, hizo que la mirada de Gretel temblara.

—Gretel. —Su voz sonaba rota por el deseo.

Sin darle tiempo a responder ni a apartarlo, bajó la cabeza y selló sus labios con los de ella.

Quería hacer eso desde que estaban en el auto...

Fue un beso inmensamente tierno, cargado de dudas y contención, pero al mismo tiempo con una intensidad dominante imposible de rechazar.

El aliento de Rosendo la embriagó. Atrapada entre sus brazos, los dedos de Gretel se aferraron inconscientemente a la corbata del hombre.

—Mami, tío Sendo, ¿qué están haciendo?

Una voz infantil y melosa resonó desde lo alto de las escaleras.

En los últimos meses, la pronunciación de la pequeña había mejorado muchísimo.

Ambos se congelaron y se separaron de un salto.

Las mejillas de Gretel se tiñeron de un rubor intenso y muy inusual en ella. Giró el rostro, acomodándose el cabello detrás de las orejas, muerta de vergüenza.

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