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El Marido que no supo perder romance Capítulo 87

Gretel llamó a Melisa. Al final, no fue a recoger a Vale.

Simplemente sentía el corazón pesado y quería caminar un rato a solas.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando, de pronto, escuchó pasos acelerados detrás de ella.

—¡Es ella! ¡Es la maldita que causó el accidente de Cata!

Gretel frunció el ceño. No podía creer que todavía la reconocieran a esas alturas.

Agachó la cabeza, se envolvió el rostro con la bufanda y apresuró el paso.

Sin embargo, eso no fue suficiente para que la dejaran en paz. Sintió un empujón violento en su espalda.

La fuerza fue tal que Gretel perdió el equilibrio en un instante. Su cuerpo cayó pesadamente hacia un costado... y su costado daba directamente al carril de alta velocidad.

En el siguiente segundo, una mano se extendió hacia ella, aferrándose a su cintura y tirándola hacia atrás. Acto seguido, se escuchó el chirrido ensordecedor de unos frenos, y una camioneta pasó a toda velocidad, rozando el borde de su abrigo.

La mente de Gretel quedó en blanco; lo único que podía oír era la respiración ligeramente agitada de la persona que la sostenía.

Cuando por fin recuperó el aliento, se percató de un olor inconfundible, una fragancia fría a bergamota y madera de ébano.

—... Zacarías, llama a la policía.

La voz resonó sobre su cabeza, oscura y carente de toda emoción.

Era Rosendo. Mientras la sostenía de la cintura, con su otra mano le acomodaba su abrigo negro de cachemira sobre los hombros para protegerla.

Zacarías, que estaba junto a ellos, atrapó de inmediato a la responsable y marcó rápidamente el número de la policía.

Rosendo tenía la mandíbula completamente apretada y emanaba una intensidad espeluznante.

Ya solo llevaba su suéter gris oscuro de cuello alto. Con sus mangas un poco arremangadas, dejaba ver las familiares cuentas de sándalo en su muñeca.

La pulsera reflejaba un brillo gélido bajo la luz del sol.

Quien la había empujado era una chica con uniforme escolar. No parecía mayor de veinte años.

Evidentemente abrumada por la situación, se quedó congelada en el lugar por un largo tiempo.

Cuando el médico abandonó el lugar, apretó las manos y dijo con tono serio:

—En cuanto a Catalina, emite una disculpa pública y daremos este asunto por terminado.

Gretel detuvo su movimiento de levantarse. Antes de voltear a mirarlo, la fría voz volvió a resonar.

—Ella está enferma, ¿para qué quieres complicar más la situación con ella?

Gretel sintió cómo las puntas de sus dedos se helaban. Se dio la vuelta para mirarlo directamente a los ojos.

La sensación de seguridad que le había transmitido minutos antes cuando la rescató del tráfico y le puso su abrigo encima, se desvaneció de un plumazo.

—Yo no fui quien causó el accidente.

—¿Y eso qué importa? —Rosendo mantenía su expresión imperturbable—. La forma más rápida y práctica de solucionar todo esto, es que pidas una disculpa.

—La opinión pública no te dará el beneficio de la duda para que puedas limpiar tu imagen. Entre más largas le demos, más repercusiones habrá, tanto para ti como para Catalina.

Y sin añadir más, metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo, sacó su teléfono, abrió una pantalla y se la puso en frente.

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