La pantalla mostraba las características de una máquina: NeuroScan Pro. Un escáner neurológico que incorporaba la tecnología de evaluación de neurofeedback más avanzada del momento. Apenas había obtenido la aprobación clínica ese mismo año en Suiza. Era una edición limitada a nivel internacional y, hasta ese momento, ningún centro psicológico en todo el país contaba con una.
—Pide perdón y este equipo estará en tu clínica la próxima semana.
Gretel analizó la imagen, pero no tomó su teléfono. En su lugar, apretó los puños. Su voz estaba cargada de hielo.
—¿Y si me niego?
Rosendo apartó el celular, sin inmutarse en lo más mínimo.
—Tú misma debes saberlo mejor que yo. Si el escrutinio público llega al nivel profesional, empezarán a revisar las licencias de las prácticas psicológicas. ¿Necesito recordarte cómo fueron las cosas hace cinco años?
Hace cinco años...
Gretel apretó aún más sus manos.
Así había sido en el pasado. Catalina instigó a sus seguidores a desatar una campaña de violencia cibernética contra ella. La administración del hospital la llamó, le suspendieron su puesto y terminaron despidiéndola.
Pero lo más irónico de todo fue que se enteró tiempo después de quién había estado detrás de todo: había sido él.
Todo por Catalina. Rosendo Almenar no escatimó en utilizar los infinitos contactos de la familia Almenar en el sector de la salud para asegurar que su nombre fuera borrado de la lista, quitándole así la tan esperada promoción a vicedirectora del área de psicología.
Y sus motivos debían ser exactamente los mismos que ahora: «Ella está enferma, ¿para qué quieres complicar más la situación con ella?»...
Gretel bajó la vista y esbozó una leve sonrisa, que ni de lejos alcanzó sus ojos.
En la habitación flotaba el penetrante y desagradable olor a desinfectante. Sus ojos comenzaron a irritarse un poco y sintió picor.
Tras un largo rato, finalmente, una voz que no era más alta que el zumbido de un mosquito rompió el silencio.
—Bien. Iré a pedir perdón.
Rosendo se sobresaltó levemente. Claramente no esperaba que aceptara con tanta facilidad.
—Señor Almenar, ya me siento perfectamente. Le agradezco su ayuda el día de hoy.
Gretel no volvió a mirarlo. Se envolvió en su bufanda, se colgó su bolso y le dirigió un comentario que parecía mucho más indiferente de lo habitual.

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