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El Marido que no supo perder romance Capítulo 91

Rosendo Almenar hizo una pausa y continuó:

—Expondré la grabación, y te aseguro que no vas a poder soportar las consecuencias.

—¡Tú! —Catalina Mendoza se incorporó de golpe en la cama, con el terror y el odio mezclándose en su mirada—. ¡Rosendo Almenar! ¡Me dijiste que me protegerías siempre!

—Dije que me encargaría de que recibieras tratamiento médico. —Rosendo tomó su chaqueta y se la colgó del brazo; luego agarró el iPad de la mesita y caminó hacia la puerta sin siquiera mirarla—. Pero nunca te di permiso para hacer lo que te dé la gana.

La fría silueta desapareció por la puerta. Catalina golpeó el colchón con furia, agarrando las sábanas con tal impotencia que sus uñas se clavaron en la tela.

Esa misma noche, a las nueve, las redes sociales de Catalina se actualizaron.

No era una disculpa formal, sino un mensaje con un tono bastante casual:

[Hola a todos, paso por aquí a aclarar lo del otro día, jaja. La verdad es que mi hermana me empujó sin querer, y yo también tuve la culpa por no haber mantenido el equilibrio al caer. De verdad que no fue culpa de ella. Por favor, sean comprensivos y ya no la ataquen, se los ruego, de corazón.]

Acompañaba el texto con una selfi desde la cama del hospital, haciendo la señal de paz y sonriendo a la cámara.

Al terminar de publicar, Catalina bloqueó la pantalla del celular con el rostro sombrío y lleno de resentimiento.

La publicación desató un caos en la sección de comentarios.

Había quienes le creían y quienes no, pero al menos la gente dejó de aglomerarse frente al consultorio de Gretel Mendoza para acosarla.

***

Durante los tres días siguientes, la agenda de Rosendo Almenar estuvo completamente saturada.

Reuniones matutinas, firmas de contratos, inspecciones, seguimiento de proyectos, foros de la industria...

El calendario ya no tenía un solo hueco libre hasta mediados del próximo mes.

Cuando Zacarías Quiroga entró a la oficina para revisar los pendientes con él, Rosendo fue pasando las páginas una por una, hizo un par de correcciones y parecía exactamente el mismo de siempre.

Pero Zacarías, que llevaba seis años trabajando como su asistente, sabía perfectamente que su jefe no estaba nada bien.

Se había distraído dos veces en la junta.

Al firmar unos documentos, la punta de la pluma se quedó suspendida sobre el papel durante tres largos segundos.

Y el día anterior, después de que terminó la reunión de la junta directiva, se quedó parado frente al ventanal durante casi diez minutos, dejando que el café en su mano se enfriara por completo sin darle un solo sorbo.

Eso era algo que jamás había pasado.

Zacarías no se atrevió a hacer preguntas.

Capítulo 91 1

Capítulo 91 2

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