Sofía lo miró una y otra vez, como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras.
Pasadas las seis, él se puso de pie de repente y habló con un tono completamente serio:
—Yo llevaré a Vale.
Sofía arqueó una ceja con una expresión suspicaz, pero no se opuso.
—...De todos modos, tengo que ir a la empresa, así te ahorro el viaje.
Sin darle tiempo a protestar, se dio la vuelta, levantó a Valentina en brazos y caminó hacia la salida.
***
Frente al edificio de apartamentos de Gretel Mendoza.
Tras recibir la llamada de Sofía, Gretel terminó de delegar sus asuntos en la clínica y regresó a casa lo más rápido que pudo.
Apenas llegó a la entrada del edificio, dudando si subir a esperar o quedarse abajo, escuchó una dulce vocecita a sus espaldas.
—¡Mami!
Al abrirse la puerta del auto, Valentina reconoció de inmediato a Gretel, que llevaba una gabardina color caqui.
La pequeña ni siquiera esperó a que la bajaran; usó sus piernitas y bracitos para bajar solita del asiento y salió corriendo hacia Gretel, abrazándose fuertemente a sus piernas.
Gretel abrazó a Valentina y, al alzar la mirada por encima de la niña, vio a Rosendo Almenar acercándose a paso lento.
Él llevaba en la mano el cuaderno de dibujo de la pequeña. Bajo la luz de la calle, el traje azul grisáceo le daba un aire profundo y un tanto melancólico.
La expresión de Gretel se volvió fría y dio medio paso hacia atrás.
Rosendo detuvo el movimiento de entregarle el cuaderno, dejando la mano en el aire.
—Gracias. —Gretel extendió la mano para tomar el cuaderno. Su tono fue educado, pero distante, como si le hablara a un completo extraño.
Lo miró fijamente a los ojos, pero en su mirada clara ya no quedaba ni rastro del reflejo de él.
—No es necesario que el señor Almenar se moleste con Vale en el futuro. Ya tienes a tu propio hijo que cuidar.
La mandíbula de Rosendo se tensó al instante.
Ella estaba pintando su raya. Quería marcar distancia.
Apenas entró a uno de los cubículos, escuchó unas voces provenientes de los lavabos.
—...¿Lo viste? Alguien volvió a sacar a la luz ese foro de hace seis años.
—Sí, lo vi. Jamás me habría imaginado que la doctora Gretel fue la amante que se metió en la relación del señor Almenar y la genial pianista Catalina Mendoza. Dicen que alguien filtró fotos viejas y que ella solo se acercó a él por interés.
—Ay, por favor... Y pensar que alguien así puede ser terapeuta.
—Baja la voz...
—¿Cuál es el miedo? Si ahorita seguro está atendiendo a algún paciente. Además, solo estamos comentando, no se lo estoy diciendo en la cara...
Antes de que la chica terminara la frase, Gretel empujó la puerta del cubículo y salió.
—¿Por qué no siguen? —preguntó con voz helada y expresión serena.
Las dos empleadas palidecieron y luego se pusieron rojas como tomates.
—Do-doctora Mendoza.
—Gretel, nosotras solo...

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