Gretel se acercó al lavabo, abrió la llave y se lavó las manos con calma bajo el chorro de agua.
No se dio la vuelta, sino que las miró a través del espejo.
Recordaba a ambas: eran asistentes administrativas encargadas de programar las citas.
La mayor de las dos, intentando salvar la situación, esbozó una sonrisa nerviosa y aduladora.
—Yo siempre lo he dicho, doctora. Seguro todo esto es culpa de esa tal Catalina. Es más, apuesto a que fue ella misma quien revivió el chisme en internet porque no soporta verla triunfar.
—Sí, doctora, por favor no se enoje con nosotras, solo estábamos...
Gretel cerró la llave del agua, sacó una toalla de papel y se secó las manos.
Luego se dio la vuelta y las miró fijamente.
—Se las dejaré pasar esta vez. Pero si vuelvo a escuchar que usan sus horas de trabajo para chismear sobre la vida privada de sus compañeros, pueden pasar directo a Recursos Humanos a presentar su renuncia.
No alzó la voz, ni habló deprisa, pero las dos empleadas se quedaron congeladas.
Gretel tiró el papel al bote de basura, abrió la puerta del baño y se marchó.
***
El día que Catalina fue a su cita de seguimiento, llevaba puesto un elegante vestido largo en tono perla y el cabello recogido de forma casual. Lucía impecable, pero con un aire de extrema fragilidad.
La asistente que la acompañaba la ayudó a sentarse en la sala de espera. Al acomodarse, Catalina echó un vistazo a su alrededor y sus ojos se posaron en una joven de bata blanca que organizaba unos expedientes.
Su gafete decía: Lucía · Médica Pasante.
Catalina alzó una ceja, sus ojos brillaron con picardía y se acercó a ella con un tono suave.
—Hola, hermosa, disculpa, ¿sabes cuántos pacientes le quedan a la doctora Mendoza por atender hoy?
Lucía levantó la vista. Al ver el rostro pálido y las ligeras ojeras de la mujer, le respondió de inmediato:

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