Al principio, Gretel no le dio demasiada importancia.
Era una practicante, a fin de cuentas; cometer errores por distracción era hasta cierto punto normal.
Hasta que una tarde, hubo un grave error en el registro de seguimiento de un paciente con trastorno de ansiedad.
Lucía había archivado los resultados de la evaluación de la semana anterior en el expediente de la semana en curso. Cuando Gretel intentó contrastar los datos durante la consulta, no coincidían. Le tomó casi veinte minutos volver a revisar el historial médico, tiempo durante el cual el paciente esperó en la clínica, llegando al punto de una crisis nerviosa.
Gracias a sus años de experiencia clínica, Gretel logró calmar al paciente rápidamente y le brindó la contención psicológica que necesitaba.
Una vez que lo despidió, llamó a Lucía a su oficina.
—¿Qué fue lo que pasó hoy?
—Yo... pensé que los resultados de la semana pasada eran solo para archivo, así que los metí en la carpeta de esta semana —respondió Lucía, apretando los labios con un claro tono de desafío.
—No llevas solo un par de días en la clínica. Si no me equivoco, el mes que viene serías considerada para un puesto fijo. Este tipo de errores básicos no son propios de ti. Dime qué está pasando.
Gretel estaba sentada detrás de su escritorio, con una mirada que parecía haberla descifrado por completo.
Lucía bajó la cabeza y guardó silencio, apretando el borde de su blusa con nerviosismo.
La voz de Gretel sonó serena, pero con un filo helado.
—Lucía, escuché a alguien en la estación de enfermeras comentar que hace años me metí en la relación de otra persona. Fuiste tú.
No era una pregunta, era una afirmación.
El cuerpo de Lucía se tensó y su rostro se tiñó de rojo intenso.
—Yo, yo solo...
—Creí que eras una mujer adulta, con la capacidad de formar tu propio criterio. Eso que escuchaste de la boca de otros, ¿acaso lo confirmaste? Como profesional, y estando a un paso de ser contratada como terapeuta oficial, ¿crees que tu actitud merece ser justificada?
Gretel hablaba sin alterar la voz, desprovista de cualquier rastro de ira evidente.
***
Unos días después, tras dejar a Valentina, Sofía Almenar pasó de visita a ver a Gretel.
Ese día llevaba un elegante abrigo corto de lana en color gris claro, haciendo juego con una falda larga del mismo tejido. Adornaba su cuello y muñecas con un set de perlas finas que resaltaban su porte distinguido y adinerado.
Como en recepción le informaron que Gretel estaba en plena consulta, Sofía se acomodó en la sala de espera y se puso a revisar su celular.
Al poco tiempo, un murmullo llamó su atención.
No tenía la costumbre de andar escuchando conversaciones ajenas, y pensaba ignorarlo, hasta que captó claramente las palabras «doctora Mendoza».
—Leí en internet que fue la doctora Mendoza de aquí. Hace unos años fue la amante que arruinó una relación. Al parecer, el tipo era un empresario súper rico y la novia oficial era una pianista bastante famosa...
—Ah, sí, ya me enteré. Como en las telenovelas, seguro se le fue encima nada más por el dinero...

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