¡Pensó que estarían hablando maravillas de la clínica, y resulta que la estaban difamando!
Sin dejar que la mujer terminara, Sofía se puso de pie de un salto, con el rostro ensombrecido por el coraje.
—¿Amante?
—¡Gretel y mi hijo tenían una relación formal, eran un matrimonio legal y perfectamente adecuado! ¡Aquí nadie arruinó la relación de nadie!
—¿S-su hijo?
Las dos mujeres que estaban chismeando se pusieron rojas de la vergüenza e intercambiaron miradas de pánico.
Jamás se imaginaron que el chismerío de pasillo terminaría en los oídos de la propia madre del involucrado.
—Así es. Ese «empresario súper rico» del que hablan es mi hijo, ¡y cuando él y Gretel se casaron, él no tenía absolutamente nada que ver con esa pianista que mencionan!
Sofía siempre había sido una mujer de modales refinados y tono suave, pero en ese momento estaba tan indignada que su voz resonó con fuerza.
—¡No sé de dónde diablos sacaron ese cuento, pero si vuelvo a escuchar algo similar, les aseguro que me encargaré de que se arrepientan!
La sala de espera se sumió en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a murmurar ni una palabra más.
Tras soltar todo su enfado, Sofía se dio media vuelta y caminó hacia el área de los consultorios.
En ese instante, Gretel salía de acompañar a su paciente a la puerta. Al levantar la vista y verla, se sorprendió.
—¿Señora Sofía?
—Estaba por la zona y decidí pasar a saludarte.
Sofía la observó de pies a cabeza.
Gretel vestía un traje sastre en un suave tono lila, con el cuello ligeramente abierto mostrando una camisa pulcra, y el cabello recogido en un moño bajo. Lucía impecable y profesional.
Sin embargo, notó que estaba más pálida y que su rostro se veía un poco más afilado que la última vez.
Un pinchazo de lástima le oprimió el corazón. Tomó a Gretel del brazo y la metió al consultorio.
Al cerrar la puerta, dejó su bolso sobre el escritorio con naturalidad.
—Gretel.
Sofía se sentó en el sofá, la miró durante unos segundos y pareció dudar en cómo empezar.
Hasta ese día, no se había dado cuenta del nivel de malicia que la joven estaba soportando.
Llevada por la curiosidad, se acercó disimuladamente a escuchar.
—Lástima que ese día tenías descanso, te perdiste el chisme. Resulta que la mamá del señor Almenar vino en persona y defendió a capa y espada a la doctora. ¡Puso en su lugar a las dos pacientes que andaban diciendo que era una robamaridos! Las dejó mudas.
—No lo vi, pero todo el mundo en la clínica está hablando de eso. Y ayer vi a la señora Almenar trayéndole un caldo de pollo casero a la doctora. O sea, es más que obvio que la familia Almenar a la que de verdad quiere es a la doctora...
¿La señora Almenar?
Lucía se detuvo en seco.
En su mente resonó la actitud y las palabras a medias que Catalina había usado ese día. ¡Ahora entendía que todo fue una actuación calculada!
Y ella, como una idiota, se tragó el cuento entero y se dejó usar como peón. No solo decepcionó a la doctora, ¡sino que tiró a la basura su propio trabajo!
Lucía apretó y aflojó los puños alrededor de su celular, con la mirada inyectada de rabia y frustración.
Intentó calmarse y caminó hacia el elevador. Ya que las cosas habían llegado a ese punto, aunque Gretel no le diera el empleo, al menos tenía que darle una disculpa. Era lo mínimo que le debía.
Pero, justo cuando se abrieron las puertas del ascensor, se topó de frente con alguien.
Llevaba un elegante vestido perla, el cabello lacio cayendo sobre sus hombros y un maquillaje perfecto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Marido que no supo perder