Era Catalina Mendoza, que acababa de salir de su cita médica.
Las dos cruzaron miradas por un segundo. Lucía reaccionó rápido y su expresión se endureció al instante.
—Señorita Mendoza.
—¿Tú eres?
—Soy la médica pasante de aquí. —Lucía hizo una pausa—. O, mejor dicho, la ex pasante.
Catalina enarcó una ceja, pensó un segundo y por fin la reconoció.
Al escuchar el énfasis en «ex pasante», una media sonrisa asomó en los labios de Catalina.
«Vaya, parece que esta estúpida de verdad mordió el anzuelo», pensó.
Al notar el desprecio en su mirada, la cara de Lucía se enrojeció de rabia.
—¡Qué buenas tácticas tiene, señorita Mendoza!
—No tengo la menor idea de lo que hablas. Con permiso, tengo que irme.
Algunas personas que esperaban el ascensor notaron la tensión en el ambiente y voltearon a mirar.
—¿No tienes idea? —se burló Lucía en voz alta—. Estudié psicología, y me doy cuenta mucho mejor que cualquiera de cómo me manipulaste ese día para que pensara lo peor de la doctora.
»Tengo que admitirlo, eres toda una experta en hacerte la víctima.
El rostro de Catalina palideció ligeramente, y su mano apretó la correa de su bolso por instinto.
Pero, siendo astuta, no dijo ni una palabra para defenderse. Simplemente adoptó una expresión de profunda tristeza y vulnerabilidad.
—¡La doctora jamás te hizo nada malo! —Lucía dio un paso al frente, alzando la voz e imponiendo presencia—. ¡Pero tú te aprovechaste de la empatía de los demás para regar tus chismes venenosos! ¿¡Qué clase de enferma hace algo así!?
—Señorita Lucía, ¿cierto? Le juro que no entiendo a qué se refiere. Si usted entendió algo mal, es problema suyo. ¡Y le repito que me deje pasar, o voy a tener que llamar a los guardias!
Sintiéndose expuesta y humillada bajo las miradas de los curiosos, Catalina intentó mantener la compostura y le respondió con voz amenazante.
Lucía soltó una carcajada amarga y no se movió ni un milímetro.
En el trayecto habían pasado a buscar a Catalina, que estaba en la zona.
La lluvia caía a cántaros. Afuera del kínder, aunque había orden, el tráfico era un caos y los autos no podían avanzar. Zacarías tuvo que orillarse a una calle de distancia, sacó un paraguas y se dispuso a ir caminando por el niño.
Pero Rosendo se bajó antes, tomó el paraguas y caminó rápidamente hacia la entrada. Al verlo, Catalina salió corriendo detrás de él para meterse bajo el mismo toldo.
***
Gretel había llegado en taxi. No se esperaba el aguacero y no llevaba paraguas. En ese momento, estaba refugiada bajo un pequeño techo cerca de la reja, cubriendo la carita de Valentina con una mano y sosteniéndola fuerte con la otra.
La niña, envuelta en su impermeable rojo de la escuela, levantó la vista inocentemente.
—Mami, ¿ya pediste el cado?
—...El tío Nerón ya viene a buscarnos. ¿Tienes frío, mi amor? ¿Quieres que mami te ponga su chamarra?
La lluvia los había tomado por sorpresa justo a la hora de la salida, y todas las aplicaciones de transporte estaban saturadas.
La niña negó con la cabeza y estaba a punto de hablar, cuando vio a alguien corriendo a lo lejos.

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