—¿Te volviste loca? —preguntó Catherine Callister, mejor conocida como Kate. Su voz chillona se escuchó en el jardín trasero. Sus dedos se clavaron en el hombro de Althea con tanta fuerza que la hizo tambalear. La regadera de plástico que Althea usaba para las rosas blancas se le resbaló de la mano y se rompió al chocar contra el suelo de piedra.
Althea no reaccionó. Solo hizo una pequeña mueca por el apretón y recuperó la compostura. Con la mirada tranquila, enfrentó a su suegra y entrelazó las manos frente a ella. El vestido azul claro que llevaba se agitaba un poco con la brisa de primavera, dándole un aire todavía más delicado; sin embargo, sus ojos se mantuvieron firmes.
—¿Cómo te atreves a ser tan cínica? —continuó Kate, hirviendo de furia. Sus ojos echaban chispas—. Sabes que mi hijo está por casarse con Vanessa, ¿no? Claro que lo sabes... y aun así, ¿tienes el descaro de mendigar su atención?
Althea sonrió e intentó hablar, pero Kate le cortó la palabra tajante, indispuesta a escuchar una sola de sus razones.
—Pareces una muerta de hambre desesperada por atención.
Una vez más, Althea mostró esa sonrisa nostálgica. Era de esas que transmiten calidez en medio de una tormenta.
—No estoy pidiendo el amor de Daven —respondió con voz suave, pero con una cortesía firme—. Lo único que pedí fue tiempo. Treinta días de su tiempo.
—¿Y qué crees que vas a lograr en treinta días? —Kate dio un paso al frente y el tacón de su zapato de diseñador aplastó los restos de la regadera con un crujido seco—. ¿Crees que vas a hacer que se enamore de ti? Eso no va a pasar. Que te quede bien grabado en esa cabecita. Daven ama a Vanessa. Siempre ha sido así y siempre lo será. Tú no eres más que un estorbo para su felicidad.
Althea exhaló poco a poco y bajó la mirada un momento, intentando calmar el remolino de emociones que sentía por dentro. Luego, miró a los ojos de su suegra. Su expresión seguía calmada, pero esta vez transmitía fuerza.
—Nunca quise estorbarle a nadie —dijo en voz baja—. Pero tampoco soy un objeto que se puede desechar. He sido la esposa de Daven por casi un año, aunque nadie lo haya reconocido. Solo quiero terminar con este matrimonio... en paz.
Kate resopló con desprecio; tenía la cara roja de coraje.
—¿Terminar tu matrimonio en paz? En serio estás loca.
Sus palabras no hicieron que Althea dudara, aunque cada sílaba le dolía. Desde el principio, nunca fue bienvenida en esa casa. La única persona que la trató con cariño fue Eve, esa mujer mayor de gran corazón que la recibió como si fuera de su familia.
¿Cómo no iba a quererla? Eve se había vuelto como una madre para ella; una figura que le daba consuelo y llenaba el vacío que dejó la mamá que perdió. Evelyn era la abuela que nunca tuvo, la única luz que le daba fuerzas para seguir soportando su maldita vida con los Callister.
¿Y los demás? Todos la trataban con desprecio. Con burlas. Con odio. Como si fuera una intrusa interesada que llegó a arruinarlo todo. Como si fuera una mujer aprovechada con intenciones ocultas. Pero ni una sola vez había pensado en aprovecharse de su situación.
Si pudiera pedir un deseo, elegiría una vida tranquila junto a su difunta madre antes que cualquier otra cosa. Nunca quiso vivir en esa mansión lujosa. No si el precio era perder su dignidad.
—Ya hiciste un desastre. ¿Y ahora quieres empeorarlo? —La voz de Kate se quebró por la furia—. Vanessa ha estado preparando cada detalle: la boda de sus sueños, la reunión familiar, cada invitado. ¡Y ahora, por un “último deseo” de una huérfana sin apellido, todo se pospuso!
Althea agachó la mirada y se mordió el labio para que el dolor no se notara. Cuando por fin habló, lo hizo con claridad:
—Sí, no soy más que una mujer que no tiene nada: ni dinero, ni poder, ni un apellido importante. Pero todavía tengo mi dignidad, señora Callister. Y lo único que quiero es conservarla.
Kate respondió con una risa burlona. Miró a su nuera con incredulidad, incapaz de entender cómo funcionaba su mente.
—Quédate con tu dignidad, Althea. Pero, por lo menos, deberías conocer tu lugar en esta casa.
—Sé cuál es mi lugar, señora Callister —respondió Althea con calma.
Kate quiso volver a atacar, pero el sonido de unos pasos que se acercaban la interrumpió. Daven apareció detrás de las puertas de cristal de la casa, con su traje impecable. Se le notaba el cansancio de un largo día de trabajo.
Miró brevemente a ambas mujeres antes de hablar con un tono seco.
—¿Hay algún problema?
Kate se volteó hacia él y suspiró con dramatismo.
—Claro que hay un problema. Tu adorada esposa está intentando arruinar tu boda con Vanessa. Hizo una petición absurda y tú —lo señaló—, ¿aceptaste? Sinceramente no entiendo en qué estabas pensando.
Daven no contestó. Tenía los ojos fijos en Althea. No dijo nada, pero él sabía que no iba a negarlo. No era como el resto de la gente en esa casa, que escondía lo que quería detrás de máscaras.
—Solo pidió tiempo. Solo un mes. Y acepté. Ya hablé con Vanessa y le expliqué todo. Ella está dispuesta a darme ese tiempo. Nuestro amor ha resistido el paso del tiempo. Ha pasado un año desde que me casé con esta mujer y Vanessa me siguió esperando. No le importó darme treinta días más.
Kate no podía creer lo que estaba oyendo. Se llevó las manos a la cara por la frustración. Pero ya no podía hacer nada; no le quedaba más remedio que aceptar lo que su hijo había decidido.



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