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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 62

Capítulo 62

-Ugh.

Vanessa gimió y se sujetó la frente mientras una ola de mareo la golpeaba. Se desplazó con cuidado hasta el borde de la cama, intentando no hacer ni un solo ruido. Lo único que recordaba con claridad era la llegada de James y luego...

-¿James?

Silencio. Estaba sola en la habitación.

Aun así, las imágenes de la noche anterior permanecían en su mente; fragmentadas, pero inconfundibles. Algo había sucedido. Algo que no debió pasar. La culpa le pesaba, pero...

-Como si a Daven le importara que me sienta sola -murmuró con amargura.

Al levantarse de la cama, se arregló el dobladillo de su pijama de seda y salió de la habitación. Tal como esperaba, la habían dejado sola. James debía haberse escabullido después de encargarse de lo que fuera que tuviera pendiente.

Excepto que...

-¿Qué haces aquí? -preguntó Vanessa, parpadeando sorprendida al entrar en la cocina.

James se volteó desde la encimera con una sonrisa relajada.

-Buen día... bueno, casi buenas tardes, señorita - dijo él mientras señalaba el desayuno que había preparado y le acercaba una silla-. Hice pan tostado y un batido de fresa. ¿O prefiere algo más pesado?

-No -respondió ella rápidamente mientras se sentaba-. ¿No te fuiste a casa?

James la miró confundido.

-¿Por qué lo haría?

Lo observó por un momento, sin responder.

-Su vuelo a París sale a las tres de la tarde -le recordó con gentileza-. No ha olvidado que asistirá a la semana de la moda, ¿verdad?

Ah, cierto. Vanessa tenía una agenda apretada para la semana siguiente. También había olvidado eso.

-Ya me encargué de lo esencial. Noura se ocupará del resto. Nos reuniremos en el aeropuerto a las dos. Espero que el desayuno sea de su agrado.

Vanessa no respondió. Tomó un trozo de tostada y le dio un mordisco, mirando de reojo a James de vez en cuando.

Él lucía tan tranquilo como siempre: tranquilo, capaz, profesional. Como si nada hubiera pasado.

Como si lo de anoche hubiera sido solo otro sueño del que despertaría para dejarlo atrás.

Y, sin embargo, habían pasado dos años desde aquel primer desliz. Si era honesta, ya había perdido la cuenta de cuántas líneas habían cruzado desde entonces.

Pero James nunca lo mencionaba. Ni una sola vez.

Retomaba su papel al día siguiente, sin presionar, sin pedir nada más. Como si no valiera la pena dar explicaciones. Como si fingir lo hiciera más fácil para ambos.

La culpa volvió a carcomer a Vanessa.

Pero entonces susurró para sí misma:

-¿A Daven alguna vez le ha importado lo sola que me he sentido?

-¿Dijo algo? -James la miró con el ceño ligeramente fruncido.  Ella sacudió la cabeza rápidamente.

Pero la esperanza, como de costumbre, no era más que una cruel ilusión.

-¿Señorita? -la voz de James se escuchó con suavidad junto a un golpe en la puerta del dormitorio-. Ya es casi mediodía. Deberíamos empezar a prepararnos.

Su voz atrajo la atención de ella hacia las dos maletas grandes que ya estaban ordenadas junto a la pared. No tuvo ni que preguntar; por supuesto que James las había empacado por ella.

Probablemente debería darle las gracias. Pero...

-Sí, lo sé -respondió Vanessa con tono cortante.

-Preparé algo cómodo para el vuelo a París - continuó James-. ¿Quiere que lo deje afuera de su habitación?

-Solo entra -suspiró ella con irritación.

James entró siguiendo sus órdenes, solo para apartar la mirada en cuanto la vio. Vanessa todavía llevaba la bata de seda con la que había despertado, y el escote se le resbalaba un poco por un hombro, revelando una tenue marca roja de la que no se había percatado.

James no se atrevió a mirar de nuevo. No eso. No lo que él mismo había dejado marcado. Si ella lo sorprendía mirando, seguro arremetería contra él.

-¿Se ha comunicado Arven contigo? -preguntó Vanessa de la nada, tomando a James por sorpresa.

Arven, el asistente de Daven. De vez en cuando intercambiaban actualizaciones para coordinar las agendas de sus jefes, pero...

-No, señorita. No he sabido nada de él.

Vanessa apretó la mandíbula mientras miraba su celular una vez más: seguía sin hacer contacto. Ni mensajes. Ni llamadas. Nada de parte de Daven, ni siquiera después de todo.

Tenía ganas de estrellar el celular contra la pared.

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