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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 621

Las luces colgantes emitían un cálido resplandor que iluminaba cada rincón del jardín, transformado en un mar de flores blancas y azules. La noche era casi demasiado hermosa para que Lydia pudiera asimilarla, tanto que rozaba lo irreal. Era como un sueño que temía perder con un parpadeo.

¿Cómo era posible que alguien como Cale hubiera preparado todo aquello...? Por Dios. Quería gritar de pura emoción, sin contenerse, porque todo aquello... todo... había sido idea de Cale Miller. Su futuro esposo.

Lydia se obligó a quedarse quieta, de pie en el centro de todo con un vestido sencillo, el que había elegido para antes del evento principal. Sus dedos aferraban la tela a un costado, inquietos, y delataban lo mucho que se esforzaba por mantener la calma. No se esperaba nada parecido.

—¡Dije que no mires todavía! —La voz alegre de Felicia sonó a sus espaldas, seguida de la risa suave de Karina.

—¡No estoy mirando! —respondió Lydia, aunque sus labios ya empezaban a curvarse—. Ustedes son las que se están tardando una eternidad.

Carecía de sentido preguntarse qué tan rápido le latía el corazón. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces Felicia y Karina le advirtieron que no se moviera tanto. Lydia no tenía idea de qué estaban haciendo... ni de qué habían preparado para ella.

—Porque esto tiene que quedar perfecto —respondió Karina, ahora con un tono más suave.

—Tiene razón —añadió Felicia con una risita. Luego, despacio, giró a Lydia hacia el frente.

Y por un momento... Lydia no pudo decir palabra.

Frente a ella había una mesa larga, dispuesta con esmero y repleta de sus platillos favoritos, muchos de los cuales ni siquiera recordaba haber mencionado. Entre las velas altas habían colocado varias fotos. Algunas capturaban momentos que habían compartido juntas... otras eran fotos de Lydia, tomadas en instantes en que ni siquiera sabía que alguien la observaba.

—Esto... —Su voz salió apenas en un susurro—. ¿Desde cuándo...?

—No fuimos solo nosotras —la interrumpió Felicia con una sonrisa cómplice.

Lydia volteó, y entonces los vio.

Althea estaba sentada con elegancia y Daven permanecía de pie a su lado, como si su mundo entero girara en torno a ella. Había calidez entre ellos, una estabilidad que transmitía seguridad. Esa clase de presencia siempre hacía que Lydia se sintiera afortunada de estar cerca de ellos.

Pero lo que más le llamó la atención... fue el bebé en brazos de Althea.

Un niño pequeñito. Era un pedacito de felicidad, callado y lleno de vida, después de todo lo que su familia había pasado. Lydia sintió una gratitud que la desbordaba al saber que su mejor amiga logró salir de todo aquello. De algún modo, la vida había decidido ser amable otra vez y los había bendecido con un bebé llamado Chase Callister.

Ambas familias, los Miller y los Callister, lo habían recibido con muchísimo cariño.

—Felicidades, mi queridísima amiga —dijo Althea con dulzura, con los ojos llenos de calidez. Acomodó con cuidado a Chase en su cochecito, dio un paso al frente y envolvió a Lydia en un fuerte abrazo—. Esta vez... en serio hiciste una elección extraordinaria.

Lydia estuvo a punto de alzar la mano para limpiarse el escozor repentino de los ojos, pero prefirió tragar saliva con fuerza. Las palabras eran simples, pero la conmovieron profundamente y quiso atesorarlas para siempre.

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