—Cale —susurró Lydia.
La habitación era demasiado espaciosa para considerarla una simple suite de hotel. Los ventanales ofrecían una vista panorámica del centro de Berlín desde lo alto; las luces comenzaban a encenderse como estrellas esparcidas sobre la tierra.
Pero la vista no era el único detalle sorprendente.
Había pétalos de rosa dispuestos con cuidado en varias partes de la habitación. Una mesita junto a la ventana estaba decorada con velas aromáticas. Varias botellas de buen vino permanecían intactas. Y la enorme cama en el centro se veía casi demasiado perfecta, arreglada con una intención inconfundible.
No era solo lujo. Era una intimidad deliberada. Como si quien lo hubiera preparado supiera que los huéspedes iban a necesitar algo más que un lugar para descansar. Lydia entró despacio, recorriendo cada detalle con la mirada, hasta que se detuvo en la cama.
—Esto... —Se volteó, todavía sin poder creerlo del todo—. ¿Tú... preparaste todo esto?
Cale entró y cerró la puerta tras ellos. Recorrió la habitación con la mirada y captó detalles que Lydia ni siquiera había notado.
Por una fracción de segundo, él también se sorprendió, pero enseguida recuperó la compostura.
—¿Quién crees que nos dio este “regalo”? —respondió con calma.
Lydia entrecerró los ojos y soltó una risita.
—Dios mío. Lo sé, pero... esta decoración es...
—¿Demasiado? —Completó Cale, y caminó hacia ella sin prisa; cuando la distancia entre ambos se redujo a unos centímetros, le apoyó apenas la frente en el hombro—. Estamos de luna de miel. Y creo que esto es lo mejor que Althea pudo regalarnos. Así que... disfrutémoslo.
—Sí, pero esto... —Lydia señaló la decoración—. Es muy... específico.
Cale tardó en responder. Pero ya comprendía perfectamente las intenciones de Althea. Esperaba que el pequeño Chase pronto tuviera compañía. Era impresionante con qué minuciosidad lo planeaba todo.
La sola idea le arrancó una sonrisa casi imperceptible.
—Toma la decoración como un extra —dijo al fin.
Lydia exhaló despacio y rio por lo bajo, resignada.
—Tendré que agradecérselo después.
—Podrás hacerlo cuando volvamos —respondió Cale, relajado.
La soltó cuando ella se removió inquieta entre sus brazos. Lydia caminó hacia el gran ventanal y apoyó la palma contra el vidrio frío. Contempló, ya sin tensión, la ciudad que se extendía a sus pies.
—Es hermosa —murmuró.
Cale permaneció a poca distancia, observándola en silencio. Esta vez no era solo la reacción de Lydia lo que le llamaba la atención... sino que todo aquello parecía casi demasiado perfecto para algo que él no había planeado.
Aun así, no dijo nada.
Unos segundos después, Lydia dejó escapar un largo suspiro. Los hombros se le aflojaron; Lydia se relajaba poco a poco. Se dio la vuelta, caminó hasta la cama... y se dejó caer sobre ella, exhausta.
—Me rindo.
Cale arqueó una ceja.
—Acabamos de llegar.
—No dormí lo suficiente —respondió Lydia sin siquiera abrir los ojos, con voz apagada—. Y mi cuerpo sigue protestando.
—¿Protestando? —repitió Cale mientras se acercaba.
Lydia entreabrió los ojos y lo miró con fastidio.
—Ni empieces.
Cale ahogó una risa.
—No hice nada.
—Ese es el problema —murmuró Lydia—. Siempre pareces a punto de hacer algo.
—Y tú siempre te quejas.
—Claro que me quejo. Soy la que carga con las consecuencias.
Cale se detuvo al borde de la cama y se sentó despacio. Extendió la mano y le acomodó el cabello algo despeinado. Fue un gesto pequeño, casi distraído, pero demasiado tierno para alguien como él.

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