La faja me cortaba la respiración, clavándose en mis costillas como un corsé medieval, pero sonreí, era mi cumpleaños, y en el mundo de los Armand, la sonrisa era parte del uniforme.
Estás encorvada, Nuria —susurró Gael a mi oído, su mano apretando mi cintura con una fuerza que no era cariño, sino advertencia—. Enderézate, ese vestido crema te hace ver… ancha y lo último que necesitamos es que los socios piensen que te has abandonado.
Me enderecé de golpe, sintiendo cómo la sangre se me subía a las mejillas.
Lo siento —murmuré, alisando la tela holgada del vestido que él mismo había elegido para "disimular mis excesos".
Hazlo por mí, cariño. —Gael me dio un beso rápido en la sien, frío y seco, antes de subir al escenario—. Recuerda: nada de pastel.
Lo vi alejarse, tan guapo, tan perfecto en su traje italiano, a mi alrededor el salón de baile de nuestra mansión en Puerto Andraka brillaba con lámparas de cristal y joyas caras, yo me sentía una impostora, una mancha grande y torpe en un lienzo inmaculado.
Irene, mi mejor amiga, apareció a mi lado con una copa de champán, llevaba un vestido rojo sangre, tan ajustado que se le marcaban las costillas.
Feliz cumpleaños, gordita —dijo con esa dulzura venenosa que yo siempre confundía con confianza—. ¿No te asfixias con tanta tela? Deberías haberte puesto el rojo que te dije.
Gael dice que este es más… elegante —respondí, bajando la mirada.
Claro, Gael siempre cuidando que no hagas el ridículo, tienes suerte de que te quiera tanto, a pesar de… bueno, de todo.
Antes de que pudiera responder, la voz de mi marido resonó por los altavoces.
¡Por Nuria! —brindó, alzando su copa hacia mí—. Por la mujer que sostiene mi hogar.
Todos aplaudieron y yo bebí un sorbo de agua, porque el champán tenía "demasiadas calorías", y sentí una lágrima de gratitud. «Él me ama», pensé. «Es duro conmigo porque quiere que sea mejor».
La fiesta siguió, Gael desapareció una hora después, alegando una llamada urgente de inversores, esperé un poco y decidí subir a buscarlo para agradecerle el collar de diamantes que me había enviado esa mañana, quería intentar, por una vez, que me mirara con deseo y no con crítica. Subí la escalinata de mármol, el pasillo estaba en silencio, pero al acercarme a su despacho, escuché risas y gemidos.
La puerta estaba entreabierta, mi corazón se detuvo. «No entres, si entras, te mueres».
Pero entré.
Gael estaba sentado en su escritorio de caoba, Irene estaba sobre él, con el vestido rojo subido hasta la cintura, moviéndose con frenesí, las manos de mi marido apretaban esas caderas huesudas con una pasión que jamás me había demostrado a mí.
Dime que te gusta más —jadeó Irene, echando la cabeza hacia atrás.
Me encantas —gruñó Gael—. Eres ligera, estética y perfecta.
¿Y ella?
¿Nuria? —Gael soltó una risa cruel que me heló la sangre—. Acostarme con ella es como ahogarse en grasa, es una vaca, nena, no veo la hora de conseguir su firma para los terrenos y dejarla en la calle.
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