León Armand despreciaba la lluvia, no porque le molestara mojarse, sino porque en Puerto Andraka la lluvia traía consigo un olor a asfalto sucio y a desesperación que ni siquiera el sistema de ventilación del club Velvet podía filtrar del todo.
Sentado en la penumbra del reservado VIP, con un vaso de whisky añejo en la mano, León observaba la pista de baile con la indiferencia de un rey aburrido de su corte, a sus cuarenta y cuatro años, había visto todo lo que el dinero podía comprar y todo lo que la moral podía vender, había pasado la última década en Londres y Singapur, construyendo un imperio sobre las ruinas que su hermano mayor había dejado, y ahora que había vuelto a casa, todo le parecía… pequeño y falso.
Sobre todo, las mujeres.
Miró con desdén a un grupo de chicas cerca de la barra, todas cortadas por el mismo patrón: delgadez extrema, narices operadas, pómulos rellenos y esa risa estridente diseñada para atraer inversores.
Huesos y plástico —murmuró León, dando un trago corto a su bebida, el líquido quemó agradablemente su garganta—. Esta ciudad se ha olvidado de lo que es una mujer de verdad.
¿Señor? —Adrián, su jefe de seguridad, apareció a su lado como una sombra.
¿Cuánto falta para la reunión con el concejal?
Veinte minutos.
León suspiró, irritado iba a levantarse para irse cuando la puerta principal del club se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento y tormenta.
Y entonces, la vio.
El tiempo, que solía ser una línea recta y aburrida para León, se detuvo en seco, no entró caminando con elegancia, entró tambaleándose, como una náufraga que acaba de ser escupida por el mar, estaba empapada y su cabello castaño se pegaba a su cara y cuello en mechones oscuros y pesados, pero lo que hizo que León se enderezara en su asiento, tensando cada músculo de su cuerpo, fue el vestido o lo que quedaba de él.
Era una tela color crema, fina y cara, que el agua había vuelto prácticamente transparente y debajo de esa tela… Dios santo. León sintió un golpe seco en el bajo vientre, violento e inmediato.
Esa mujer no era un esqueleto, era una obra de arte barroca, tenía pechos, pechos de verdad, llenos, pesados, que desafiaban la gravedad y se marcaban obscenamente contra la tela mojada, tenía una cintura que se hundía hacia adentro solo para explotar en unas caderas anchas y suaves, caderas hechas para que un hombre perdiera la razón agarrándose a ellas.
Joder… —se le escapó a León.
Vio cómo ella se acercaba a la barra, descalza, con los zapatos de tacón colgando de una mano, vio la curva de su trasero al moverse, una ondulación hipnótica que contrastaba con la rigidez de las modelos que poblaban el lugar.
«Un banquete», pensó León, sus ojos grises oscureciéndose por el deseo. «En un mundo de aperitivos insípidos, ella es un maldito banquete».
No la reconoció, su cerebro, inundado de testosterona y curiosidad, no pudo conectar a esa criatura voluptuosa y rota con la imagen puritana y rígida que tenía de la esposa de su sobrino, para León, la mujer de Gael era un concepto abstracto y aburrido, esta mujer, en cambio, era un incendio forestal. La vio pedir una bebida con urgencia, vio cómo le temblaban las manos, vio el rímel corrido bajando por sus mejillas, estaba sufriendo y León, que conocía el dolor como a un viejo amigo, sintió un impulso que no sentía hacía años: el instinto de cazar… y de proteger.
Adrián —llamó por el intercomunicador, sin apartar la vista de ella—. La mujer del vestido mojado, que nadie se le acerque.
Entendido, señor.
Pero el mundo estaba lleno de idiotas con falta de instinto de supervivencia.
Un hombre corpulento, con la camisa desabrochada y el rostro enrojecido por el alcohol barato, se separó de un grupo y se dirigió hacia ella, León vio la escena en cámara lenta, el tipo se pegó a la espalda de ella, invadiendo su espacio, vio cómo ella se tensaba, cómo su cuerpo voluptuoso se encogía, intentando hacerse pequeña, intentando desaparecer. El tipo le susurró algo al oído, ella negó con la cabeza y trató de alejarse, el tipo la agarró del brazo.
El vaso de cristal en la mano de León estalló.
No fue una metáfora, la presión de su mano fue tal que el cristal se rompió, pero León ni siquiera sintió los fragmentos, se puso de pie y su movimiento fue fluido, silencioso y letal.
Bajó los escalones de la zona VIP como una sombra que se desprende de la oscuridad, la gente se apartaba instintivamente a su paso, León Armand tenía esa cualidad: irradiaba un peligro primitivo que hacía que el vello de la nuca se erizara.
Llegó a la barra en tres zancadas largas.
Vamos, preciosa, no te hagas la difícil —decía el borracho, tirando de ella hacia sí, sus ojos clavados en el escote empapado—. Con ese cuerpo, no estás hecha para dormir sola, estás hecha para rebotar.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA