Gael Armand se sirvió el tercer vaso de whisky, pero sus manos temblaban tanto que derramó la mitad sobre la mesa de cristal de su ático de soltero.
Había perdido.
En una sola mañana, su esposa esa mujer a la que había despreciado, manipulado y engañado le había quitado su orgullo, su puesto en la empresa y, lo peor de todo, su futuro financiero. El abogado con cara de comadreja que estaba sentado frente a él cerró su maletín con un chasquido que sonó a sentencia de muerte.
La situación es crítica, Gael —dijo el abogado—. La cláusula del prenupcial es sólida, tu tío tiene al Consejo en el bolsillo, si el divorcio sigue adelante, tendrás que cederle el 50% de tus acciones y la mansión y lo más importante: perderás el control sobre el fideicomiso de los terrenos de Santa Clara.
Gael levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre.
Los terrenos… —murmuró—. Si pierdo esos terrenos, el trato con los inversores chinos se cae, necesito esa tierra para el nuevo complejo logístico, sin ella, estoy en bancarrota.
Nuria es la titular —recordó el abogado—. Tú solo eras el administrador conyugal, en cuanto se firme el divorcio, ella recupera el control total.
Gael apretó el vaso hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
No si no hay divorcio.
El trámite ya empezó, no puedes detenerlo.
El divorcio se detiene si uno de los cónyuges… deja de existir —dijo Gael. Su voz fue un susurro, pero cargado de una maldad helada.
El abogado se tensó y miró a su alrededor, nervioso.
Gael, ten cuidado con lo que dices.
Piénsalo. —Gael se puso de pie, caminando de un lado a otro con energía renovada—. Si Nuria muere antes de la sentencia final, yo no soy el exmarido divorciado, soy el viudo y como viudo, heredo todo, sus acciones, sus cuentas… y los malditos terrenos.
Eso es una locura, León la tiene protegida.
León no puede protegerla de un accidente —Gael sonrió, y fue una mueca grotesca—. Nuria es torpe, siempre lo ha sido, un fallo en los frenos, una carretera mojada… esas cosas pasan.
Sacó un teléfono desechable de su bolsillo, tenía un contacto guardado, un favor que le debían de los bajos fondos del puerto.
Se giró hacia Nuria.
Nuria —la llamó con urgencia—. Los terrenos de tu abuelo. ¿Alguna vez firmaste una cesión de venta?
Nuria se giró, sorprendida.
No… Gael siempre me traía papeles para firmar, decía que eran impuestos, pero los terrenos eran sagrados para mi abuelo, él me hizo prometer que nunca los vendería.
Gael planeaba venderlos —dijo León, acercándose a ella—. Esa es su jugada final, necesitamos recuperar el control de ese fideicomiso hoy mismo Elena, redacta una revocación de poderes inmediata.
León —interrumpió Adrián, entrando en la oficina con el rostro pálido—. Tenemos un problema.
¿Qué pasa?
El equipo de seguridad de la mansión de Gael acaba de llamar, Nuria… es decir, la señora, llamó hace diez minutos para decir que iría a recoger unas cajas personales.

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