Bruno Vane entró en el despacho sin llamar, llevaba una carpeta de cartón marrón bajo el brazo, de esas baratas que usan en los juzgados y una cara que León no supo leer. No era alegría, tampoco era preocupación, era esa cara de ya está, la que se te queda cuando terminas un trabajo feo.
León estaba al teléfono, discutiendo con un banco en Suiza sobre la liquidación de unos fondos, colgó sin despedirse al ver al abogado.
—¿Café? —ofreció León, señalando la jarra.
—Mejor algo más fuerte, pero son las diez de la mañana. —Bruno se sentó y dejó la carpeta sobre la mesa. Sonó seco al caer en la madera—. Ya está León, se acabó.
León miró la carpeta, pero no la tocó.
—¿Rafael?
—Rafael. —Bruno se aflojó el nudo de la corbata—. Me acaba de llamar el contacto en la prisión federal esta madrugada, durante el recuento de las seis, los guardias encontraron a Rafael Alcázar en su celda del módulo de aislamiento.
—¿Y?
—Digamos que decidió irse antes de tiempo. —Bruno hizo un gesto con la mano—. Lo encontraron colgado con una sábana. El informe oficial dice suicidio, el informe extraoficial… bueno, digamos que tenía golpes en las costillas que no se hizo cayéndose de la litera.
León se pasó la mano por la barbilla, no sintió pena ni una pizca, solo sintió que se le quitaba un peso de encima, uno que llevaba meses cargando.
—¿Quién fue? —preguntó León.
—No importa, en esos sitios un tipo que entra por intentar matar a su hija embarazada y que no tiene dinero para pagar protección… dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. —Bruno se encogió de hombros—. O quizá fue un último favor de los amigos de Konstantin desde la tumba. El caso es que está muerto, el forense ya ha firmado el levantamiento del cadáver, no hay nadie a quien juzgar.
León abrió la carpeta, observo con cautela y, la cerro de golpe, no necesitaba ver más, lo importante era el hecho que Rafael ya no era un problema y que no tuvo que mover un solo dedo para quitárselo de encima a Nuria.
—¿Y el cuerpo?
—A la fosa común, nadie lo ha reclamado, su familia reniega de él y tú… bueno, dudo que quieras pagarle el entierro.
—Que se pudra —dijo León, frío—. Quema esa foto Bruno y quema el informe, no quiero que eso entre en esta casa y mucho menos que caiga en manos de Nuria.
—Hecho. —Bruno se levantó, cogió la carpeta y caminó hacia la trituradora de papel que había en la esquina, metió los documentos. El ruido del papel rompiéndose fue la mejor música que León había oído en semanas—. Por cierto, Vólkov ha pedido el traslado a una prisión de mínima seguridad por problemas de salud.
—¿Y?
—Se lo han denegado, se queda en Siberia, se va a morir de frío allí, ese tampoco vuelve.
León asintió, se levantó y miró por la ventana, el jardín seguía gris por la lluvia, pero ya no parecía amenazante.
—Tengo que decírselo a Nuria.
—Díselo suave —aconsejó Bruno—. A veces, que se acabe el miedo da más vértigo que el miedo mismo.
En la habitación Nuria estaba despierta, con un libro en las manos que no estaba leyendo, llevaba en la misma página media hora, al ver entrar a León, cerró el libro de golpe, tenía esa mirada de alarma constante de quien espera malas noticias.
—¿Qué pasa? —preguntó ella—. He oído a Bruno desde aqui.
León se sentó en el borde de la cama y le cogió las manos. Estaban calientes, no heladas como el día del entierro, eso era buena señal.
—Bruno venía del juzgado.
Nuria se tensó.
—¿El juicio de Rafael? ¿Ya tiene fecha?
—No va a haber juicio, Nuria.
—No, eres humana y es lógico que te haga feliz saber que ahora eres libre.
Se quedaron abrazados un rato largo, de repente, la puerta se abrió de golpe, Alex entró corriendo con las manos llenas de pintura de dedos, Estefany venía detrás intentando no reírse.
—¡Mamá! ¡Mira! —gritó el niño, enseñándole un papel arrugado lleno de manchas verdes y azules—. ¡He pintado al abuelo!
Nuria se limpió los ojos rápido y cogió el dibujo, era un monigote con un bastón muy largo y una capa roja.
—Es precioso, cariño. ¿Tiene capa?
—Claro, es un superhéroe, me ha dicho la abuela que ahora vive en las nubes y nos tira rayos para defendernos.
León miró a Estefany, ella se encogió de hombros con una sonrisa triste.
—Hay que explicarlo de alguna manera —dijo la abuela.
Nuria miró el dibujo y luego a León y por primera vez en meses su sonrisa fue real, sin miedo detrás.
—Ponlo en la nevera, Alex —dijo ella—. Que se vea bien.
León cogió al niño y lo levantó en el aire, manchándose la camisa de pintura verde.
—Vamos a ponerlo y luego vamos a pedir pizza, hoy no se cocina.
Salieron de la habitación dejando a Nuria descansando.
El fantasma de Rafael se había ido y con él, el último rastro de la pesadilla, ahora solo quedaba esperar a que el hematoma se curara y la vida, la vida normal y aburrida, empezara de verdad.

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