La casa estaba en silencio.
Era extraño, en las últimas semanas siempre había ruido: botas en el pasillo, radios de seguridad, Konstantin dando órdenes o el servicio yendo de un lado a otro.
Hoy solo se oía el zumbido de la nevera en la cocina y el pitido constante del monitor en la habitación de invitados.
León entró con dos tazas, una de café solo para él y otra de descafeinado aguado para Nuria. Nuria estaba despierta, mirando el techo, seguía con la vía puesta y tenía esa cara de quien lleva demasiado tiempo sin salir de una habitación.
—Buenos días —dijo León, dejando las tazas.
—Hola. —Intentó incorporarse y se quejó—. Me duele la espalda de estar tanto tiempo tumbada.
—Ni se te ocurra moverte, Hoffman dijo reposo.
—Ya lo sé, soy un mueble. —Suspiró y cogió la taza—. ¿Alex ha ido al colegio?
—Lo ha llevado tu madre con Adrián, les pedí que lo acompañaran hasta la puerta, no quiero sorpresas.
León se dejó caer en la butaca que había arrastrado desde el salón para dormir allí, se pasó la mano por la cara, tenía barba de dos días y ojeras marcadas.
—¿Qué pasa fuera? —preguntó Nuria—. Está todo demasiado callado.
—Estoy quitando gente. —Bebió un sorbo—. He despedido a la mitad de los hombres de tu padre.
Nuria abrió los ojos.
—¿Es buena idea?
—Es necesaria, esto parecía un cuartel y no quiero que Alex desayune viendo fusiles apoyados en la pared, me quedo con Adrián y cuatro de confianza para la noche, el resto… les he pagado y les he dado un billete de vuelta.
—A él no le gustaría.
—Él ya no está y la amenaza tampoco, Rafael está preso, Vólkov también, se acabó la guerra y ahora toca recoger lo que quedó.
Nuria miró hacia la ventana cerrada.
—Se siente raro sin él.
—Sí. —León le tomó la mano—. Era agotador… pero llenaba la casa.
Mas tarde en el despacho Bruno Vane estaba frente al escritorio, rodeado de carpetas.
Ya no llevaba el traje perfecto de siempre, ahora usaba mangas remangadas, corbata floja. Gestionar la muerte de alguien como Konstantin no era cosa menor.
—El testamento está bien protegido —dijo Bruno—. Lo dejó todo en sociedades en Zúrich hace años y legalmente aquí no tenía nada a su nombre.
—¿De cuánto hablamos? —preguntó León.
Bruno le pasó un papel.
León lo miró y soltó aire.
—Joder.
—Sí, joder. —Bruno apoyó la espalda en la silla—. Hay propiedades en Londres, en Mónaco, un viñedo en la Toscana y cuentas que marean y luego está lo otro.
—¿Lo otro?
—Lo que no aparece en las fotos, ya sabes transporte sin registrar, seguridad en zonas complicadas… estaba metido en demasiadas cosas.
León dejó el papel sobre la mesa.
—Cierra eso.
—Dan mucho dinero.
—No me importa, véndelo, liquídalo o elimínalo. Quiero todo limpio antes de que nazca mi hijo.
—Perderás casi la mitad.
—Me da igual, tengo suficente. —Se levantó y miró el jardín, donde aún se veía la tierra removida—. No quiero que mi hijo crezca mirando debajo del coche antes de arrancar.
Bruno asintió despacio.
—Tú decides. Ah, llegó esto del juzgado.
Sacó un sobre.
—Es la sentencia de divorcio de Nuria con Gael y la anulación.
León lo tomó.
—Pensé que ya estaba cerrado.
—Sí.
—No puedo dormir.
León se acercó y se tumbó con cuidado en el borde de la cama, encima de la colcha, Nuria apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Qué dijo Bruno?
—Que somos obscenamente ricos y que he cerrado todo lo turbio.
—Bien.
Se quedaron en silencio, escuchando la lluvia.
—León…
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por quedarte, no es la vida que hubiera querido que tuviéramos.
León le besó la frente.
—Esto es la vida, a veces se complica, pero pasa.
—¿Seguro?
—Dentro de seis meses tendremos un bebé llorando y echaremos de menos este silencio.
Nuria sonrió en la oscuridad.
—Te quiero.
—Y yo a ti, ahora duerme.
León cerró los ojos.
La casa estaba en silencio y León sintió que podía relajarse un poco, aunque fuera en una butaca incómoda, al lado de la mujer que amaba.

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