El despacho de la directora olía a cera para suelos y a tensión contenida.
León entró sin llamar, empujó la pesada puerta de madera con firmeza, sin violencia, pero sin pedir permiso. La directora, una mujer de unos sesenta años con gafas de medialuna y el cabello recogido en un moño impecable, dio un pequeño respingo detrás de su escritorio de caoba.
Pero León no la miró.
Su atención fue directa hacia la silla de plástico pegada a la pared, Alex estaba sentado allí con la espalda recta y los brazos cruzados sobre el pecho, tenía el ceño fruncido, la mandíbula apretada y una mancha de rotulador verde en la mejilla. Cuando vio a su padre, no lloró ni bajó la cabeza, solo dejó caer los brazos y lo miró fijo.
—Señor Armand, le estábamos esperando —dijo la directora, aclarándose la garganta—. Tome asiento, por favor.
León no se sentó, permaneció de pie frente al escritorio, el traje estaba impecable, pero en sus ojos no había cortesía.
—Dígame cuánto cuestan las gafas del otro niño.
La directora parpadeó sorprendida por la falta de disculpas.
—No es una cuestión económica, señor Armand. Su hijo empujó a un compañero de tercero, un niño dos años mayor, la violencia no está permitida en este centro.
—Mi hijo tiene cinco años —respondió León con calma firme—. Y según me han explicado, ese niño mayor se dedicó a insultar a su abuelo, que falleció hace pocos días, repitiendo comentarios que escuchó en su casa.
La directora juntó las manos.
—Los niños repiten lo que oyen…
—Exactamente. —León apoyó las manos en el escritorio, inclinándose apenas—. Repiten lo que oyen, así que quizá convenga hablar con los padres, si tienen algo que decir sobre mi familia, pueden hacerlo conmigo. Y si vuelve a haber un comentario dirigido a mi hijo por rumores de adultos, me gustaría que el colegio intervenga antes de que tenga que hacerlo yo.
La mujer asintió, incómoda.
León dejó varios billetes sobre la mesa.
—Para las gafas.
Después se giró hacia Alex, su expresión cambió al instante.
—Vámonos, campeón.
Alex se levantó sin decir nada, agarró su mochila de Spiderman y tomó la mano de su padre, salieron bajo miradas discretas de algunos profesores en el pasillo.
León no habló hasta que estuvieron dentro del coche.
—¿Estás enfadado, papá? —preguntó Alex, mirando sus zapatillas.
León se quitó la corbata y la dejó en el asiento trasero.
—No contigo, pero empujar está mal, no puedes tirar al suelo a alguien, aunque te haya dicho algo feo.
—Dijo que el abuelo era malo, que era un gángster de las películas y que por eso estaba muerto.
León sintió un peso en el pecho, arrancó el coche.
—¿Qué te prometí ayer?
Alex levantó la vista.
—¿Un helado?
—El más grande que encontremos.
En la terraza de la heladería, quince minutos después, Alex tenía la cara manchada de chocolate y un vaso enorme delante, León sostenía un café que ya se había enfriado.
—Papá… ¿el abuelo era malo?
León lo miró con atención, sabía que esa respuesta iba a quedarse mucho tiempo en la cabeza del niño.
—El abuelo hizo cosas que no estaban bien, cosas de adultos. A veces las personas toman decisiones equivocadas y eso trae consecuencias.
—¿Por eso le dispararon?
La pregunta fue directa.
—Sí. —León asintió—. Porque cuando haces daño, otras personas también pueden querer hacerte daño, pero escucha algo importante: a nosotros nos protegió y el día de la boda se puso delante de mamá para que no le pasara nada.
—Como un superhéroe —dijo Alex en voz baja.
—Como uno que no era perfecto, pero que nos quería mucho y tú hiciste bien en defenderle, solo que la próxima vez, en vez de empujar, vienes y me lo dices a mí. ¿De acuerdo?
León le sostuvo la cara.
—La sangre no decide quién eres, mira a Alex hoy defendió a su abuelo porque lo quería, no porque lleve nada oscuro dentro.
Nuria parpadeó.
—¿Qué pasó?
—Un comentario en el colegio nada más, ya lo resolvimos.
Le secó una lágrima.
—Este bebé va a crecer en una casa donde lo más grave será caerse del columpio, va a heredar tu fuerza, no los errores de otros.
El monitor seguía sonando estable.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Se tumbó a su lado.
—Además, si es niña, ya tengo nombre.
—¿Cuál?
—Victoria porque ha sobrevivido a todo antes de nacer.
Nuria sonrió por primera vez.
—Victoria… me gusta.
—Ahora intenta dormir.
Ella cerró los ojos, abrazándolo.
El miedo no desapareció, pero ya no era más fuerte que ellos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA