—Huele a casa —dijo Nuria, incorporándose un poco con ayuda de los codos.
—Es comida de verdad, nada de los inventos raros de tu padre. —Estefany le acomodó un par de cojines en la espalda y le puso la bandeja sobre las piernas—. Come, que tienes que coger fuerzas. ¿Cómo habéis pasado la noche? León me ha dicho que tuviste pesadillas.
Nuria cogió la cuchara y asintió, mirando el plato.
—Soñé con Rafael tonterías, pero luego León y yo estuvimos hablando, mamá... ya tenemos nombre.
Estefany se sentó en la butaca de al lado, con los ojos muy abiertos.
—¿Para el bebé? ¿Ya saben lo que es?
—Todavía no, pero si es niña, se va a llamar Victoria.
Estefany se llevó una mano al pecho, sus ojos se llenaron de lágrimas casi al instante, pero parpadeó rápido para que no cayeran.
—Victoria, es precioso, suena a mujer que no se deja pisar por nadie.
—León dice que es porque hemos ganado.
—Y tiene razón. —Estefany suspiró y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. Hablando de ganar y de empezar cosas nuevas... Nuria, me mudo a la casa de al lado.
Nuria dejó la cuchara dentro del plato, el apetito se le esfumó de golpe.
—¿Me dejas sola?
—No te dejo sola, estaré a la distancia de un grito, podrás verme desde la ventana, pero necesito mi propio techo y ustedes necesitan recuperar su vida. No puedes tener a tu madre durmiendo en el cuarto de enfrente toda la vida.
—Pero tengo miedo mamá. ¿Y si sangro otra vez? ¿Y si me pongo de parto antes de tiempo y León está en la oficina?
—León no va a ir a ninguna oficina, está trabajando desde el salón y si pasa algo, tardo literalmente treinta segundos en cruzar el jardín. —Estefany le acarició la pierna por encima de las sábanas—. Cariño mírame, tienes que dejar de vivir como una paciente y empezar a vivir como una esposa y como una madre, esta casa es tuya, llénala de cosas buenas.
Nuria miró a su madre, vio lo cansada que estaba, pero también lo ilusionada que parecía con la idea de tener su propio espacio. Desde que conoció a Konstantin, la vida de Estefany había sido huir o esconderse, se merecía esa casa con piscina.
León dejó su copa en la mesita, casi sin probarla, se sentó en el borde de la cama, muy cerca de ella. La luz de la lámpara le marcaba las sombras de la cara, pero sus ojos estaban fijos en los de Nuria, con una intensidad que a ella le dio un vuelco el corazón.
León le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja, sus dedos rozaron la piel de su cuello, lentos y cálidos.
—Te he echado de menos —susurró él.
—He estado aquí todo el tiempo, en esta misma cama —respondió Nuria, con la voz de repente un poco ronca.
—Ya, pero no estábamos solos y yo no podía hacer esto.
León se inclinó y la besó. No fue un beso rápido para darle las buenas noches, fue un beso lento, hambriento, como si estuviera recuperando el tiempo perdido. Nuria cerró los ojos y se dejó llevar, abriendo un poco los labios para recibirlo, enredando una mano en el cuello de su camisa.
El miedo a hacerse daño siempre estaba ahí, frenándolos, pero en ese momento, la necesidad de sentirse vivos, de sentirse cerca el uno del otro, fue más fuerte, León bajó los besos por su mandíbula, hasta la curva de su cuello, haciéndola suspirar.
Nuria se aferró a sus hombros, sintiendo cómo la tensión de las últimas semanas se derretía bajo las manos de su marido, no necesitaban salir de esa habitación para sentirse libres, solo se necesitaban el uno al otro.

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