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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 106

El comedor ya no parecía un lugar de comidas familiares, sino el despacho improvisado de alguien que llevaba días sin dormir. Carpetas abiertas cubrían el mantel de hilo que Nuria había elegido con tanto cuidado y las tazas de café frío dejaban círculos oscuros.

León estaba sentado en la cabecera, con los hombros tensos y la corbata aflojada, se la desanudó del todo con un gesto brusco, como si le estuviera ahogando algo más que la tela. Frente a él Bruno Vane tecleaba en su portátil con expresión cansada, aunque la mirada le delataba: sabía que aquella conversación no iba a ser sencilla.

—No le des más vueltas, Bruno —dijo León, empujando una carpeta gruesa hacia el centro—. No lo quiero.

Bruno dejó de escribir, se quitó las gafas despacio y se frotó el puente de la nariz antes de hablar.

—León, entiendo tus escrúpulos de verdad, pero estamos hablando de millones. Tu suegro tenía empresas de seguridad en medio mundo, navieras, casinos… Si liquidas todo y donas lo turbio de golpe, vas a perder más de la mitad de la herencia, es mucho dinero.

León apoyó los antebrazos en la mesa y se inclinó hacia él, sus ojos no estaban furiosos, estaban agotados.

—Me da igual ese dinero huele mal, huele a pólvora… a miedo… a sangre. ¿Tú crees que voy a dejar que mi mujer compre pañales con lo que Konstantin sacó de un casino clandestino?

Bruno suspiró.

—El dinero no tiene memoria.

—Pero yo sí. —León se puso de pie de golpe, incapaz de seguir sentado—. Hace menos de una semana arrancamos el césped del jardín porque estaba empapado de gasolina y sangre. Todavía puedo olerlo cuando cierro los ojos, no voy a meter esa misma gasolina en las cuentas de mis hijos. Separa lo limpio: casas, inversiones legales; lo demás véndelo, ciérralo, dona lo que haga falta y hazlo antes del viernes.

Bruno levantó las manos, resignado.

—Como digas, Konstantin debe estar revolviéndose en su tumba… pero es tu firma.

—Es mi familia —corrigió León seco.

No esperó a que el abogado se despidiera, salió del comedor sintiendo que había soltado un peso enorme… y al mismo tiempo se había quedado vacío.

Caminó hasta la habitación de invitados, necesitaba ver a Nuria, necesitaba recordarse por qué estaba haciendo todo aquello.

Abrió la puerta con cuidado.

La habitación estaba en penumbra, las persianas filtraban la luz dorada de la tarde, suave, tranquila. Nuria estaba recostada entre almohadas, tenía un libro abierto sobre el pecho, pero su mirada estaba perdida en la ventana. Desde el reposo absoluto, había aprendido a quedarse quieta… pero su mente no descansaba.

Al oírlo giró la cabeza y sonrió, esa sonrisa que siempre lograba bajarle el pulso.

—Pensé que Bruno se iba a quedar a cenar.

—Lo he echado —respondió él, cerrando la puerta.

Se quitó la chaqueta y la dejó caer sin cuidado, después la corbata, desabrochó los primeros botones de la camisa como si necesitara aire. Se sentó en el borde de la cama y soltó un suspiro que parecía salirle del alma.

Nuria dejó el libro a un lado y le pasó la mano por la nuca, sus dedos estaban fríos, su piel caliente, ese contraste lo hizo cerrar los ojos un segundo.

—Estás durísimo —murmuró ella, masajeándole el cuello—. Como si cargaras el mundo encima.

—Acabo de regalar la mitad de tu herencia.

Ella no apartó la mano.

—¿Qué has hecho?

—He liquidado todo lo que olía a mafia, casinos, empresas raras, todo; Bruno dice que he perdido millones.

Nuria lo miró y en su expresión no hubo ni susto ni reproche, solo alivio.

—¿Ya está hecho?

—Todo firmado, nos quedamos con lo legal, no te preocupes no vamos a pasar hambre, pero era el dinero de tu padre… quería que lo supieras.

—Quietecita, Alex está bien, pero está en el despacho de la directora porque see peleó en el recreo.

—¿Alex? —León frunció el ceño.

—Un niño mayor le dijo que su abuelo era un delincuente ruso que estaba en el infierno, seguro lo escuchó en su casa. Alex lo empujó y le gritó que su abuelo era un superhéroe que vivía en una nube, en fin le rompió las gafas.

El silencio fue pesado.

León sintió un golpe en el pecho de dolor… y orgullo, su hijo defendiendo algo que ni siquiera entendía del todo.

—No quiero que lo castiguen por amar a mi padre —susurró Nuria, con los ojos brillantes.

—No tiene que saber la verdad todavía —respondió León, ya de pie.

Se puso la chaqueta con movimientos firmes, el cansancio había desaparecido.

—Voy a buscar a mi hijo, pagaré las gafas y hablaré con la directora.

—No montes un espectáculo —pidió Nuria.

León le dedicó una media sonrisa.

—Solo voy a ser padre y después lo invitaré a un helado enorme.

Salió con pasos decididos.

El dinero se había ido, la herencia sucia ya no existía, pero la otra herencia —la lealtad, el amor feroz por los suyos— esa seguía intacta.

Y esa León no pensaba permitir que nadie la ensuciara, ni siquiera en el patio de un colegio.

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