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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 108

La cocina de La Fortaleza parecía un campo de batalla, pero por primera vez en semanas, no tenía nada que ver con armas, tenía que ver con garbanzos.

Estefany estaba parada en medio de los fogones con un delantal atado a la cintura y los brazos en jarras, frente a ella el chef que Konstantin había contratado antes de morir, la miraba con una mezcla de indignación y terror. El pobre hombre llevaba su gorro alto impecable, pero sostenía un cucharón como si fuera un escudo.

—A ver si nos entendemos —dijo Estefany, señalando una cacerola de cobre enorme—. Mi hija está embarazada y tiene que hacer reposo absoluto, no necesita foie gras ni reducciones de vinagre balsámico con nombres que no sé pronunciar, necesita hierro y necesita un guiso de los que resucitan a los muertos.

—Pero madame... —balbuceó el chef, con un acento muy marcado—. El contrato que firmé con el señor Petrov especificaba alta cocina internacional y menús de cinco tiempos.

—El señor Petrov ya no está para comerse sus menús de cinco tiempos, ahora mando yo en esta cocina. —Estefany le quitó el cucharón de las manos con un movimiento rápido—. Así que o aprendes a hacer unas lentejas con chorizo como Dios manda o vas recogiendo tus cuchillos carísimos y te busco un taxi.

León entró en la cocina justo en ese momento, frotándose los ojos y buscando la cafetera. Llevaba una camiseta gris de algodón y unos pantalones de chándal, se frenó al ver la escena. El chef lo miró con desesperación, buscando un aliado en el dueño de la casa.

León levantó las dos manos en señal de rendición y pasó de largo hacia la máquina de café.

—A mí no me mire, Pierre —dijo León, sacando una taza del armario—. Si mi suegra dice lentejas, son lentejas, yo solo pago las nóminas.

El chef soltó un suspiro dramático, murmuró algo en francés que sonaba a insulto y se dio la vuelta para empezar a picar cebolla con una velocidad furiosa. Estefany asintió, satisfecha con su victoria y se acercó a la isla de la cocina donde León esperaba su café.

—Tienes muy mala cara, yerno —le dijo ella, apoyando los codos en el mármol negro.

—Dormir en un colchón hinchable en el suelo no es lo mejor para las lumbares. —León bebió un sorbo de café, quemándose un poco la lengua—. Y Nuria tuvo una pesadilla esta madrugada, nos costó volver a dormir.

—Es normal, el miedo no se va porque tú cierres la puerta con llave. Se va poco a poco. —Estefany cogió un trapo y empezó a limpiar una mancha invisible en la encimera—. León, tenemos que hablar.

—¿Qué pasa ahora? ¿No te gusta el jardinero?

—No es eso, es sobre mí. —Estefany dejó el trapo y lo miró muy seria—. No puedo seguir viviendo en esta casa.

—Estefany... no tienes por qué hacerlo.

—Sí tengo, necesito mi espacio, quiero ver mis telenovelas con el volumen alto sin despertar a nadie, quiero caminar en bata sin cruzarme con tus hombres de seguridad y quiero que cuando mi nieta nazca, ustedes puedan discutir a solas sin que la abuela opine. Estaré a cincuenta metros, cruzando el césped.

León la miró en silencio durante unos segundos, vio la determinación en sus ojos, era la misma terquedad que tenía Nuria, sonrió dándose cuenta de que tenía razón.

—Vale, pero deja que mis hombres carguen las cajas, no quiero que levantes peso.

—Trato hecho. —Estefany le dio una palmada en el brazo—. Y ahora apártate, que tengo que vigilar que el francés no le eche vino blanco a las lentejas.

Media hora después, Estefany entró en la habitación de invitados empujando un carrito con una bandeja humeante.

Nuria estaba tumbada mirando el techo, con la televisión encendida sin volumen, se giró al escuchar las ruedas del carrito y su cara se iluminó al oler la comida.

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