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EL TIO DE MI EX: MI MEJOR VENGANZA romance Capítulo 3

El whisky bajó por la garganta de Nuria como fuego líquido, pero no quemaba tanto como las palabras de su marido.

«Es una vaca... ahogarse en grasa».

Dejó el vaso vacío sobre la barra con un golpe seco a su lado, el hombre que decía llamarse Alejandro no había dejado de mirarla ni un segundo, su mirada pesaba, era una presión física sobre su piel, caliente y constante, que la hacía sentir desnuda a pesar de estar empapada.

¿Mejor? —preguntó él. Su voz era grave, vibrando en el pecho de Nuria.

No —admitió ella, girando el rostro para mirarlo. Sus ojos se encontraron y el aire pareció desaparecer—. El alcohol no borra lo que escuché ni borra lo que vi.

León deslizó su mano sobre la barra hasta rozar la de ella. Sus dedos eran largos, fuertes, con las uñas cortas y limpias. La mano de un hombre que controlaba su mundo.

¿Qué te dijeron, Nuria? —preguntó suavemente, aunque sus ojos brillaban con una furia contenida—. Dímelo, quiero saber qué clase de ceguera tiene el idiota que te dejó salir así.

Nuria soltó una risa amarga, se miró las manos, luego bajó la vista a su cuerpo, a ese vestido crema que se pegaba a su estómago, a sus caderas anchas.

Dijo que prefería los huesos —susurró, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Dijo que acostarse conmigo era desagradable, que sobraba carne por todas partes, que prefería… el plástico.

El silencio de León fue aterrador.

Nuria esperó la lástima, esperó el consuelo barato de "no es para tanto".

Pero León hizo algo diferente, levantó la mano y, con un atrevimiento que le robó el aliento, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, bajando lentamente por su cuello hasta detenerse en el nacimiento de su pecho, justo donde el vestido mojado se adhería a su piel.

¿Huesos? —repitió él con desprecio—. Los perros quieren huesos, Nuria, los hombres… los hombres de verdad queremos carne, queremos curvas donde perder las manos, queremos suavidad donde hundirnos.

Sus dedos rozaron la piel sensible sobre su escote, Nuria se estremeció, un escalofrío eléctrico recorriéndole la columna.

Me estás mintiendo para ser amable —dijo ella, débilmente.

León se inclinó hacia ella, su boca quedó a centímetros de la suya. Olía a peligro, a noche y a deseo.

No soy amable y nunca miento sobre lo que deseo. —Su mirada bajó a sus labios y luego a su cuerpo, devorándola—. Eres un banquete, Nuria y yo me estoy muriendo de hambre.

Esa frase rompió el último dique de contención de Nuria. Un banquete. Después de años de sentirse una sobra, este desconocido la veía como un festín, con manos temblorosas, Nuria se agarró al anillo de diamantes de su dedo anular, el símbolo de su prisión y el recordatorio de tres años de críticas, dietas y lágrimas. Tiró de é, salió con dificultad, raspándole el nudillo, como si se resistiera a dejarla ir.

Lo dejó caer sobre la barra de madera, el sonido metálico fue su declaración de guerra.

Sácame de aquí —le pidió a León, mirándolo directamente a esos ojos grises—. Por favor no quiero pensar, no quiero sentir dolor, solo quiero… quiero que me hagas olvidar que soy yo.

León no dudó, sacó un billete, lo tiró junto al anillo abandonado —despreciando el diamante como si fuera basura— y le tendió la mano.

Vámonos.

El trayecto en el ascensor privado hasta el ático de la Torre Onyx fue una tortura silenciosa. Nuria estaba arrinconada contra el espejo, abrazándose a sí misma para controlar los temblores, no sabía si era frío o excitación, León estaba de pie frente a ella, bloqueándole la vista, ocupando todo el espacio, no la tocaba, pero su energía la rodeaba, asfixiante y embriagadora.

Las puertas se abrieron directamente a un salón de lujo minimalista, con ventanales que mostraban la ciudad bajo la lluvia. León se quitó la chaqueta del traje y la lanzó sobre un sofá sin mirarla, se aflojó la corbata, tirándola al suelo, y desabrochó los dos primeros botones de su camisa blanca, dejando ver un atisbo de piel bronceada y vello oscuro.

Se giró hacia ella.

Ven aquí —ordenó.

Nuria dio un paso vacilante, se sentía expuesta bajo las luces tenues del apartamento, su vestido estaba sucio, su cabello era un desastre.

Estoy mojada… voy a ensuciar el suelo —balbuceó, buscando excusas tontas.

Al diablo el suelo.

León cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas y la agarró por la cintura con ambas manos, atrayéndola contra su cuerpo duro con una posesividad que la hizo jadear.

El contacto fue explosivo.

Nuria sintió la dureza de él contra su vientre, no había duda de lo que quería.

Capítulo 3 1

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