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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 17

CAPÍTULO 17. Una visión inesperada.

Seija dejó a Henry ahí, plantado en medio del pasillo como un idiota, con esa sonrisa burlona con que parecía decirle "diviértete buscándola".

Y él miró a su alrededor, como si por un segundo de verdad intentara calcular si podía tocar una por una las seiscientas puertas del hotel en menos de cuatro horas. Una idea absurda, pero en ese momento su mente estaba tan nublada que hasta parecía viable. ¡Y el problema era que no tenía ni idea de por qué se sentía así!

Se llevó las manos a la cabeza, respirando hondo. Algo en su pecho le oprimía, una mezcla rara de ansiedad, celos y un enojo que no sabía bien a quién dirigir. Caminó por los pasillos alfombrados, desorientado, con la sensación incómoda de que, detrás de alguna de esas puertas, Rebecca estaba… con otro. Cada vez que esa imagen se formaba en su cabeza, la mandíbula se le tensaba y el estómago se le encogía.

“Vete a tu casa. ¡Vete a tu maldit@ casa”. Eso era lo que la lógica le gritaba, que aquello era ridículo. No tenía derecho, no tenía motivos, no tenía… nada. Pero irse a su casa significaba saber que Rebecca no estaba allí porque estaba en algún cuarto de aquel hotel.

Así que en lugar de dirigirse a la salida, acabó sentándose en el bar del lobby del hotel.

Se dejó caer en un sillón de cuero, pidió un whisky doble y lo bebió de un trago, como si así pudiera ahogar las imágenes que lo torturaban. Pidió otro. Y otro. El reloj parecía avanzar a paso de tortuga. El ambiente olía a café recién hecho, alcohol y perfume caro, pero para Henry, todo tenía ese aroma amargo de… ¿los celos? ¡No, diablos, claro que no!

Finalmente su teléfono vibró: eran las siete de la mañana. El mensaje de Seija se desbloqueó y apareció en la pantalla un simple número de habitación. Henry se puso de pie de golpe, como si tuviera fuego bajo los pies.

Entró en el ascensor y apretó el botón de la planta más alta. El corazón le latía tan rápido que casi podía escucharlo. Caminó por el pasillo con pasos decididos, llegó a la suite presidencial y golpeó la puerta con fuerza. Ni siquiera entendía qué estaba haciendo, ¿de verdad estaba golpeando esa puerta? ¡Tenían que ser los tragosssss en plural!

Adentro se escuchó una risa suave y divertida, el sonido de un bostezo y unos pasos ligeros.

—¡Seija, eres la peor amiga del mundo! —se oyó una voz femenina, adormilada—. ¿Por qué no me dejas disfrutar un poquito más…?

La puerta se abrió y ahí estaba Rebecca, envuelta en una sábana blanca, caminando en puntas de pie como si aún no quisiera despertar del todo.

Henry se quedó helado y ella parpadeó, sorprendida al verlo ahí, como si lo último que esperara en el mundo fuera encontrárselo frente a su puerta.

Tenía el cabello revuelto y suelto, cayéndole en ondas sobre los hombros. La sábana se ceñía a su cuerpo, dibujando cada curva de manera provocativa. Las piernas, largas y desnudas, brillaban con un leve reflejo dorado bajo la luz del pasillo.

Sus labios estaban más rojos que de costumbre y sobre su garganta había una sombra ligera, que no llegaba a verse como un chupetón, pero ¡¿y si lo era?!

El rubio también se inclinó, pero en su caso el beso fue más lento, más cerca de la comisura de los labios.

—No te espantes —dijo, con un tono divertido mientras se metía un teléfono en el bolsillo—, pero hice un pedido especial para ti.

Y Henry era como un pedazo de la tapicería, viendo todo sin poder reaccionar, viendo sobre todo cómo desde el pasillo comenzaban a entrar empleados del hotel, cada uno cargando un enorme ramo de rosas rojas. No eran dos ni tres: era una docena completa de hombres entrando con flores, llenando el aire de un perfume intenso y dulce.

—Tengo un viaje de negocios a Londres de tres días —dijo el que se llamaba Noah—. ¡Y acabo de perder el avión por tu culpa! Así que prepárate, que cuando vuelva buscaré la forma de cobrártelo —le hizo un guiño antes de echarse una chaqueta deportiva al hombro, y lo mismo él que su amigo salieron del cuarto sin siquiera mirar a Henry, como si él fuera parte del mobiliario.

Rebecca les dedicó una última sonrisa, despidiéndolos con un gesto elegante y despreocupado, y luego se dio la vuelta, dejando la puerta abierta para que su exesposo pasara si era que quería pasar.

Henry la vio caminar lentamente hacia las rosas y oler algunas. La sábana le cubría el cuerpo solo porque se la sostenía con una mano, pero sus ojos estaban fríos, como dos pequeños témpanos.

—¿Qué quieres, Henry? —preguntó ella, con un tono que jugaba al sarcasmo y a la duda—. Fue tu primera noche como hombre libre. ¡Por favor no me digas que la pasaste pensando en mí!

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