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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 17

EL PRIMER BESO… DESPUÉS DEL DIVORCIO. CAPÍTULO 17. La verdadera cara

La noche todavía olía a whisky cuando Camilo y Henry llegaron a la casa de este último. El silencio del barrio contrastaba con el eco de sus pasos pesados al subir la escalinata. Henry abrió la puerta sin mucho ánimo y dejó caer el saco en el primer sillón que encontró, como si le pesara más de lo normal.

Camilo, que nunca perdía la chispa incluso en los peores momentos, buscó una botella en el bar cercano, sirvió dos vasos y luego se dejó caer en otro sillón y lo miró con media sonrisa cansada, intentando romper el aire cargado de tensión que los envolvía.

—Míralo por el lado bueno —dijo, levantando un dedo como si expusiera una teoría brillante—. Con Curtis Callaway de regreso Rebecca será muy feliz, es posible que se le ablande ese corazoncito que tú mismo endureciste. Y como un plus, ahora tendrás a alguien más, además de mí, que te impida hacer alguna tontería con Rebecca.

Henry soltó un resoplido que no llegó a ser risa. Sus ojos se desviaron hacia la ventana, como si buscara una respuesta en la oscuridad de la calle.

—Muy gracioso —murmuró al fin, con una ironía apagada.

Camilo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y esta vez no había rastro de broma en su voz.

—Te lo digo en serio, Henry: Curtis Callaway no es un manso cordero. Y te voy a ser franco: no sé si es paranoia mía, pero últimamente me he sentido un poco vigilado. ¿Tú no?

Las palabras se quedaron suspendidas en el aire; y Henry giró lentamente la cabeza para mirarlo, con un gesto que mezclaba cansancio y desconfianza.

—No, no eres solo tú, pero dudo que sea él quien nos está vigilando —respondió al cabo de un momento, bajando la voz—. Quien provocó el accidente sigue ahí afuera. Y hasta que no sepamos quién es, vamos a tener que cuidarnos las espaldas.

Camilo asintió, pensativo, y tamborileó con los dedos sobre la mesa de centro. El golpeteo rítmico parecía marcar el compás de la ansiedad que compartían.

—¿Y crees que ese alguien sabrá sobre la prueba de paternidad? —preguntó, como tanteando terreno.

Henry se puso rígido. Esa palabra —paternidad— tenía un peso extraño ahora, como si hurgara en una herida que todavía no cicatrizaba.

—Eso me preocupa —admitió tras una pausa incómoda—. Si alguien lo sabe… estamos fritos.

Camilo sonrió de medio lado, con esa facilidad suya para disfrazar la tensión con humor.

—Bueno, si logra rastrear los nueve laboratorios a los que llevé las muestras, con nombres encubiertos y todo, le daré un premio.

Henry negó despacio, todavía sin perder el gesto serio, y se frotó las sienes como si le doliera la cabeza.

—Igual no podemos arriesgarnos a buscarlas nosotros mismos.

—Entonces dime —replicó Camilo, arqueando una ceja con tono inquieto—, ¿a quién mandamos?

El silencio se instaló unos segundos y Henry se reclinó contra el sillón, con la mirada fija en el techo, como si buscara una respuesta entre las grietas invisibles del yeso. Finalmente se enderezó.

—Creo que podemos usarlo para saber de una vez por todas si alguien de mi familia está metido en esto.

Camilo lo miró con sorpresa, como si no hubiera esperado que la conversación llegara hasta ahí.

—¿Tú crees que ellos podrían saberlo? —lo increpó—. Parecían bastante afectados por el video de esta noche.

—¡Tuve que pasar la noche en la comisaría! —le gritó a Henry apenas lo vio, sin darle tiempo a hablar—. ¡Y tú ni siquiera te apareciste para pagar mi fianza!

Henry apoyó una mano en el marco de la puerta, cansado, mirándola con una mezcla de fastidio y una compasión que ya estaba agotada.

—¿Y por qué tendría que pagar yo la fianza de una mujer que está tratando de matar a mi hijo por todos los medios posibles?

El golpe de esas palabras la hizo tambalear. Julie Ann lo miró con ojos desorbitados, negando con la cabeza como si quisiera borrar lo escuchado.

—¡No, no, no! —exclamó con desesperación—. ¡Esos videos los manipuló Rebecca! ¡No son reales! ¿Cómo puedes creer algo así de mí…?

Henry dejó escapar una risa corta y amarga.

—Lamentablemente, yo estaba escuchando todo en tiempo real, Julie Ann. No había espacio para manipulaciones. No como a las que tú me sometiste durante años.

Ella apretó los labios, temblando de ira, con la respiración entrecortada.

—¡Te confabulaste con ella! —escupió, dando un paso al frente—. Con Rebecca… ¡para traicionarme! ¡Estás enredado con ella! ¡¿Verdad?!

Henry alzó una ceja y la miró con calma helada, y cada palabra salió de su boca como un látigo.

—Desde el día en que pasaste a ser “mi mujer”, Julie Ann, debiste saber que el puesto de amante quedaba vacante.

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