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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 17

MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 17. Batalla perdida

Camilo no dudó ni un segundo cuando la vio así. Seija estaba pálida, con las manos temblándole mientras trataba de sacar las llaves del bolso sin demasiado éxito. La respiración le salía corta, desordenada, y tenía los ojos brillantes de puro miedo contenido. Era evidente que no estaba en condiciones de conducir ni de pensar con claridad.

Y a Camilo le bastó verla así para entender que no era una exageración ni un susto pasajero: era pánico real, de ese que no deja ni ordenar ideas.

—Te llevo yo —dijo con un tono firme que no admitía discusión—. Estás demasiado angustiada para manejar así.

Seija abrió la boca para protestar, por pura inercia, porque siempre le había costado aceptar ayuda, pero la cerró casi de inmediato. El nudo que tenía en el pecho no la dejaba ni siquiera discutir. Asintió en silencio, tragándose el orgullo, y se dejó guiar hasta el coche.

Cuando se sentó en el asiento del copiloto, se quedó mirando al frente, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que se le habían puesto blancos.

—Respira —le pidió él en voz baja—. Despacio. No me digas nada si no puedes, solo respira.

Seija soltó el aire como si le pesara.

—Si le pasó algo… —empezó, y se quedó ahí, incapaz de completar la frase.

—Primero lo vemos —respondió Camilo, arrancando—. Luego nos asustamos, si hace falta.

Durante el trayecto no habló y Camilo tampoco insistió. Conducía concentrado, atento a cada semáforo, pero sin perderla de vista por el rabillo del ojo. Porque por menos que le gustara el Rio ese, por más celoso que estuviera, y por más que se le retorciera una tripa de verla así por causa de alguien más, era evidente que el tipo era demasiado importante para ella.

—No tenía idea de que Rio ya estaba aquí —murmuró carraspeando y ella trató de secarse las lágrimas.

—Llegó hace un par de días y… ¡Dios, no quiero pensar que algo le pasó! ¡El policía dijo que se escuchó una lucha dentro!

Camilo apretó el volante sin saber cómo consolarla, pero cuando llegaron al edificio, el lugar estaba iluminado por las luces intermitentes de una patrulla. Dos policías hablaban en la entrada, y uno de ellos levantó la mano en cuanto los vio acercarse.

—Señora, no puede pasar —dijo con voz profesional—. Estamos investigando la escena.

—¡Quítense! —gritó Seija, empujándolo sin pensarlo—. ¡Rio!

Y Camilo intentó sujetarla del brazo en vano.

—Seija, espera…

—¡Es mi casa! —soltó ella, sin girarse—. ¡Y él está ahí dentro sin que nadie lo ayude porque todos están hablando estúpidamente aquí afuera!

Corrió hacia el interior del departamento, desbordada por el pánico. Camilo intercambió una mirada rápida con el policía, como pidiéndole que no la tocara, y entró tras ella.

—¡Rio! —la escuchó gritar con desesperación—. ¡Rio, amor, contéstame! ¡¿Dónde estás?!

El interior estaba revuelto. Una silla caída, un jarrón hecho pedazos contra el suelo, marcas claras de forcejeo. Seija avanzó de habitación en habitación, con el corazón golpeándole con tanta fuerza que le dolía el pecho. Cada segundo sin respuesta le parecía eterno.

—¡Rio! —repitió, cada vez más angustiada y entonces escucharon un gemido bajo, apenas audible, un sonido débil que parecía venir del comedor.

Seija se quedó inmóvil un segundo, como si temiera habérselo imaginado. Luego giró la cabeza y corrió hacia allí. Se dejó caer de rodillas sin cuidado alguno y miró debajo de la mesa.

—¡Aquí estás! —sollozó.

Rio estaba acurrucado, temblando, con el pelo blanco manchado de sangre. Un perro mediano, hermoso, con los ojos grandes llenos de dolor, pero aún consciente. Al verla, movió apenas la cola, como si quisiera tranquilizarla. Seija metió la mano debajo de la mesa y le acarició la cabeza con cuidado, sintiendo el temblor que le recorría el cuerpo.

Camilo se quedó helado al verlo. Hasta ese momento había tenido celos de un tipo indonesio del que ella se podía haber enamorado… y ahora sabía que contra aquel peluche blanco de ojos claros iba a perder seguro.

—¡Necesito ayuda! —dijo Seija, girándose hacia él con desesperación—. ¡Camilo, por favor…!

Y él reaccionó de inmediato, dejando a un lado cualquier pensamiento que no fuera práctico.

—Tranquila —dijo, arrodillándose a su lado—. Vamos a sacarlo de aquí. —Se acercó con cuidado, hablando despacio para no asustar al perrito—. Hola, campeón. Aguanta un poco, ¿sí?

Lo tomó en brazos con una delicadeza sorprendente, sosteniéndolo con firmeza pero sin hacerle daño.

—Bebe despacio —le dijo—. Te va a ayudar a calmarte.

Seija obedeció por puro reflejo, sentándose.

—Gracias —murmuró—. Yo… no sé qué habría hecho si algo le pasaba. Rio es como mi bebé… no me imagino...

—¿Tienes idea de quién pudo hacer esto? —preguntó él alejándola de esos malos pensamientos; y Seija dejó escapar una risa amarga.

—La lista es larguísima. Desde los que provocaron el accidente de Henry y Rebecca… hasta los que vuelven a ver a Industrias Callaway como una competencia peligrosa. Todos saben que soy la gerente comercial.

—Entonces no fue al azar —dijo Camilo.

—Nada en nuestra vida lo es últimamente —respondió ella—. Y eso es lo que más miedo me da.

—Bueno… hasta que Rio despierte, creo que será mejor saldar el asunto con la policía —le advirtió él y Seija asintió despacio.

Cuando volvieron al departamento, la policía seguía allí. Seija habló con ellos, respondió preguntas, revisó cada rincón con una calma forzada. Por suerte… o quizás gracias a Rio, la caja fuerte estaba intacta y los documentos seguían en su lugar.

—No se llevaron nada —dijo al final—. Nada importante, al menos.

—Eso no significa que estés a salvo —respondió Camilo—. Cambia el sistema de seguridad. Las cerraduras. Todo.

—Sí, eso haré, y buscaré un hotel para los próximos días —dijo ella, agotada, pero Camilo negó con la cabeza.

—Prefiero que te quedes conmigo —sentenció y Seija lo miró con incredulidad.

—¿Quieres que nos matemos por estar en el mismo departamento?

—No —respondió él—. Quiero que estés a salvo. Y todos saben que somos enemigos, así que a nadie se le ocurrirá buscarte donde estoy yo.

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