CAPÍTULO 30. "Reacciones medicamentosas"
Henry se dobló sobre sí mismo, temblando, con el rostro empapado en sudor. El aire no le alcanzaba, y el pecho le ardía como si hubiera corrido kilómetros. Trató de hablar, de pedir ayuda, pero lo único que salió de su boca fue una avalancha de vómito que lo sorprendió a él mismo. Se inclinó hacia un costado, la bilis le quemó la garganta y casi se ahogó con ella. Tosió desesperado, los ojos se le pusieron rojos, y por un instante creyó que ese era su final.
—¡Mierd@, Henry! —gritó Camilo, asustado—. ¡Respira, respira, coño!
Y como era un hombre acostumbrado a moverse rápido, Camilo no tardó mucho en darse cuenta de que aquello que tenía no iba a parar por sí solo. No era un simple mareo: Henry estaba en pleno ataque de pánico y su cuerpo lo estaba llevando al límite.
—Al diablo con esto —masculló, casi cargándolo a la fuerza—. ¡Te llevo al hospital!
Savó a Henry de aquel almacén, lo metió en el asiento del copiloto como pudo, le puso el cinturón de un tirón y arrancó con una brusquedad que hizo chillar las llantas. Henry despegaba los labios, jadeando como un pez fuera del agua, mientras apretaba el cuaderno de Rebecca contra su pecho, como si ese objeto fuera lo único que lo mantenía con vida.
No tardaron en llegar a Urgencias en un hospital cercano y por supuesto que Camilo entró gritando:
—¡Ayuda, rápido, que se me muere!
Las enfermeras acudieron enseguida, lo subieron a una camilla y comenzaron a revisarlo solo después de ponerle oxígeno.
—Está teneindo un ataque de pánico, pero tranquilo, lograremos que se estabilice. ¿Consumió alguna sustancia que debamos conocer? ¿Alguna droga? —le preguntó un médico.
—Nada más pesado que alcohol, pero le garantizo que lo que tiene son dos años de arrepentimiento y un divorcio reciente —rezongó Camilo y el médico levantó la pluma por un segundo.
—¡Psicosomático, mejor todavía! —suspiró pasándole una hoja con un formulario enorme—. Necesitamos todos los datos del paciente, antecedentes, medicación…
Camilo miró el papel como si estuviera escrito en chino, pero en cuanto el médico se fue a seguir atendiendo a Henry, a esa mente privilegiada suya se le ocurrió una idea y corrió hacia una enfermera que lo había mirado más de dos vees seguidas.
—¡Hola, qué tal…! Este… ¡por favor ayúdame! No sé nada de mi amigo —admitió con el gesto de preocupación fingida más descarada del mundo—. Será mejor que llamen a la esposa, ella sí lo sabe todo.
—¿Tiene el número? —preguntó la enfermera, anotando mientras le pestañeaba con coquetería.
—Claro que sí, princesa, cómo no —respondió Camilo con una sonrisa descarada, dictándole el contacto mientras le guiñaba un ojo—. Y si me haces un favor especial, al lado de ese puedes anotar mi número también.
La enfermera rodó los ojos, pero aquel “trato” no tardó en completarse porque había que reconocer que Camilo era un muñeco esculpido por la manita de Dios personalmente en un día que estaba de buen humor.
Así que poco después, a varios kilómetros de allí, en la mansión Callaway, el timbre insistente del teléfono despertó a Rebecca de golpe.
—¿Sí? —contestó con voz ronca, todavía medio adormilada.
“Buenas noches, señora Callaway” dijo la enfermera al otro lado. “La llamamos del hospital St. Mary. Usted figura como contacto de emergencia de un paciente ingresado. Necesitamos que venga urgentemente”.
Rebecca se enderezó en la cama, el corazón acelerado. Solo había una persona por la que podían llamarla a las cinco de la mañana y Rebecca habría ido a cualquier lugar por ella.
—¿Qué le pasó a Seija? —preguntó de inmediato, aterrada; pero del otro lado la voz pareció dudar.



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