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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 32

CAPÍTULO 32. Un boletito al Purgatorio

Rebecca llegó a casa justo cuando el cielo empezaba a teñirse de tonos rosados y anaranjados. La mansión aún estaba en silencio, cubierta por esa calma pesada que solo se siente en la madrugada. Caminó hasta la terraza con paso cansado, se acomodó en una de las sillas y se quedó mirando el horizonte, como si buscara respuestas en el amanecer.

El aire fresco le acariciaba la piel y, mientras respiraba profundo, pensó en Henry. No sabía con exactitud qué le había pasado en el hospital, y en realidad tampoco había querido preguntar. Una parte de ella entendía que era mejor así, que había llegado el momento de desprenderse de él definitivamente, y ya no podía seguir cargando con su sombra.

Un aroma familiar la sacó de sus pensamientos solo unos minutos después. El olor a café recién hecho invadió la terraza, cálido, reconfortante, y al voltear vio a su padre, que aparecía con un par de tazas en la mano. Le extendió una en silencio, con esa sonrisa suave que siempre usaba para hablarle sin palabras.

Rebecca tomó la taza, dejó que el vapor le rozara la cara y, de repente, sin pensarlo demasiado, aquella pregunta se le salió sola:

—Papá… ¿aceptaste ayudar a Henry solo por mí?

Curtis la miró sorprendido, porque ella había evitado mencionar a Henry a toda costa desde que se había divorciado. Se acomodó en la silla de al lado y suspiró, como quien ordena sus recuerdos antes de responder.

—No —dijo con calma—. No solo por ti. Siempre creí que Henry tenía un potencial enorme. Se hizo millonario muy joven, Rebecca, eso no lo consigue cualquiera. Pero… —se inclinó un poco hacia ella— nunca tuvo la capacidad para conservar el dinero, y eso no iba a cambiar sin importar cuántas empresas fundara.

Rebecca lo observó con atención, arrugando la frente.

—¿A qué te refieres con eso? —lo increpó, confundida; y Curtis giró la taza entre sus manos, buscando las palabras adecuadas.

—Mira, hija, imagínate que ganas un millón de dólares en la lotería y te compras una casa de un millón de dólares. ¡Magnífico, pero ahora tienes que mantener la casa del millón de dólares! —intentó explicar su padre—. Y lo mismo pasa con las empresas, no basta con levantar una compañía millonaria si luego no tendrás cómo mantenrrla. Y Henry tenía un drenaje muy grande: su familia. El dinero le salía de las manos como agua de un grifo abierto. Y si el grifo echa menos agua de la que se bota al drenaje…

—Tarde o temprano se acaba —murmuró Rebecca, meditándolo un momento en silencio. Las palabras resonaban duras, pero verdaderas—. ¿Entonces cómo lidiaste con eso mientras fueron socios?

Curtis sonrió de lado, con un brillo de picardía en los ojos.

—Muy fácil: establecí una cláusula en la sociedad. Le suspendí las tarjetas corporativas, y nadie podía hacer un gasto mayor a diez mil dólares sin mi autorización —recordó.

Rebecca soltó una risa corta, incrédula.

—¿Y los Sheppard aceptaron eso?

—Estoy seguro de que no les hizo mucha gracia —respondió Curtis, encogiéndose de hombros—. Pero esas eran mis reglas y Henry, que era el dueño, las aceptó mientras trabajamos juntos.

—Pues esas reglas desaparecieron cuando tú fuiste a la cárcel —murmuró Rebecca con una mueca de impaciencia. El silencio se hizo denso entre ellos, pero fuera como fuera, tenía que cerciorarse—: Papá… ¿tú crees que los Sheppard fabricaron evidencia en tu contra porque les estorbabas? Quiero decir… hubo años en los que non pudieron sangrar la empresa de Henry y fue gracias a ti.

Curtis la miró fijamente, con esa certeza que rara vez mostraba.

—Había una posibilidad de que Henry se encargara de todo si yo iba preso —admitió y Rebecca pasó saliva, porque si eso hubiera sucedido probablemente estuvieran en la ruina—. Pero elegí confiar primero en Seija.

—Hiciste bien —respondió ella con firmeza—. Yo no podía ser objetiva.

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