CAPÍTULO 4. Una respuesta
Henry sintió un nudo en el estómago y cada palabra repicó en su mente como la campana de una catedral. La idea de que Rebecca, la mujer con la que estaba atado por un matrimonio vacío, pudiera liberarse y estar con otro hombre, era una posibilidad que de repente se le clavaba como un pinchazo incómodo. Ni siquiera entendía lo que era, y definitivamente no lo habría llamado celos, rabia y confusión, solo era…
¡Demonios! ¡Ella le había hecho la vida miserable durante dos años jurando que lo amaba ¿y ahora hablaba tan frescamente de los hombres con los que se iba a acostar?!
La actitud distante de Rebecca era peor que cualquier reclamo, y podía jurar que jamás había visto una mirada como aquella en sus ojos, una que ni siquiera se inmutaba al ver a Julie Ann abrazada a su cintura.
—¿De qué hablas? —gruñó como si buscara un sentido distinto en sus palabras.
Y Rebecca lo miró, pero no con enojo ni reproche, sino con una calma extraña, como si hablara desde un lugar muy lejos de su corazón.
—Tranquilizo a tu mujer embarazada —dijo con un tono suave en el que casi casi no se distinguía el veneno—. Después de todo ha esperado mucho por ti… ha sacrificado tanto por ti… te ama tanto…
Henry sintió un cosquilleo extraño en las palmas de las manos, como el de un hombre ante un abismo de mil metros.
—¡No te atrevas a meterte con Julie Ann! —siseó mientras la chica se apretaba contra uno de sus brazos como si fuera una niña con miedo.
—No hagas eso —le dijo Rebecca ladeando la cabeza—. Para alguien que se folla al marido de otra, no te pegan esas poses infantiles. —Y antes de que alguien pudiera responderle se dio la vuelta—. Veremos si te sigue gustando tanto cuando sea tu marido.
Henry abrió la boca, pero de repente su pecho se quedó allí, lleno de aire mientras todo lo que quedaba en el salón era el sonido de los tacones elegantes de Rebecca. Julie Ann tiró de él y se lo llevó al chequeo prenatal, maldiciendo entre dientes; pero por más ilusionado que estuviera Henry, mientras le mostraban la ecografía de su primogénito, las palabras que seguía repitiendo su mente como un disco rayado eran: “Dos años de ganas reprimidas. ¿Puedes imaginarte el gusto que me voy a dar cuando este matrimonio termine?”
Y su cerebro siguió traicionándolo ese día y todos los que siguieron, porque una semana después Henry parecía un jabalí acorralado y ni él mismo entendía por qué. Las cosas en la compañía no iban tan bien como todos creían. La empresa no estaba en la ruina, pero las gráficas no mostraban crecimiento, y cada vez que llegaba a casa, el ambiente frío y silencioso lo azotaba en la cara, porque ese saludo cálido que odiaba recibir por fin había desaparecido.
Seis noches exactas después, Henry entró zafándose el nudo de la corbata con un gesto de impotencia, y lanzó el portafolio sobre un mueble.
Traía el ceño fruncido, los hombros rígidos y la mente a mil por segundo. Había pasado una semana, Rebecca siempre le pedía un beso por semana; y cuando la vio apoyada en el marco de la puerta, con una taza de café en la mano, ya sabía lo que iba a exigirle.
—Eres más exacta que un puto reloj Suizo —gruñó mirándola de arriba abajo.
Llevaba un vestido corte imperio, con un escote suave que no insinuaba nada, mientras el borde inferior rozaba suavemente el suelo. No había lencería provocativa ni miradas encendidas. Solo una calma espesa, indiferente. Y esa frase… “el gusto que me voy a dar cuando este matrimonio termine”.
—Déjame adivinar —siseó acercándose a ella sin que se lo pidiera—. ¿No quieres reclamarme el beso número cien…?
No sabía por qué eso precisamente le encendía la sangre de la peor manera. Los dos sabían lo que significaba: después de ese último beso él sería libre. Pero ¿ella no quería exigirlo o él no quería dárselo? ¿Por qué lo estaba atormentando la idea de que ella se fuera con otro, que ansiara estar con otro...?
Y antes de que hiciera el primer movimiento, esa mano con la taza de café hirviente fue la que puso distancia entre ellos, amenazando con quemarlo, literalmente.



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