CAPÍTULO 46. Una dura aceptación
Henry se quedó inmóvil, desconcertado, sin comprender qué había querido decir Rebecca con aquella pregunta cargada de seguridad. Pero no tuvo tiempo de darle vueltas porque en ese preciso instante un hombre impecablemente vestido de traje negro apareció desde el interior del restaurante.
No había necesidad de anunciarlo, se le notaba en el porte que era el gerente por la forma en que todos se dirigían a él. Era un hombre de cabello canoso y maneras que rozaban la más encumbrada educación. Caminó directo hacia Rebecca con una sonrisa amplia, inclinando levemente la cabeza como si saludara a la realeza.
—¡Señora Callaway! —dijo con un tono respetuoso, casi solemne, mientras tomaba su mano y la llevaba cerca de sus labios—, es un honor tenerla aquí esta noche, como siempre. Pero debo regañarla porque ya la estábamos extrañando.
Rebecca le hizo un puchero con familiaridad.
—Yo también los he extrañado, señor Clemment, pero mi agenda ha estado un poco saturada últimamente.
—Entonces es aún más honor tenerla aquí. Su mesa ya está lista. Y también los libros, por si desea verlos.
Rebecca sonrió con elegancia antes de negar con un suspiro.
—Gracias, señor Clemment —respondió con naturalidad—, pero de los negocios hablaremos otro día, esta noche solo he venido a cenar.
—Como usted desee —contestó él, haciendo un gesto de deferencia con la mano.
Henry observaba la escena en silencio, con la boca entreabierta y el ceño fruncido. Estaba estupefacto. El trato era exagerado incluso para alguien como Rebecca, y lo que más lo perturbaba era la naturalidad con la que ella lo aceptaba.
El gerente, siempre atento, extendió un brazo para guiarla hacia el interior del restaurante. Y Henry los siguió porque ni modo que se quedara ahí tirado en la acera ¿verdad?
Sin embargo, en lugar de llevarlos a la zona principal, donde el murmullo de los comensales y la música de fondo llenaban el ambiente, el gerente los condujo por una escalera alfombrada hasta un palco privado. Henry nunca había visto nada igual: un salón reservado, aislado del resto, con paredes de cristal ahumado, un enorme ventanal con vista panorámica de la ciudad iluminada y una mesa perfectamente dispuesta para dos.
El señor Clemment se adelantó, tomando el abrigo de Rebecca y luego le ofreció él mismo una copa de champaña servida de una botella que acababa de descorchar.
—Para usted, señora Callaway —dijo, con una sonrisa servil—. El chef vendrá en persona enseguida para tomar su orden. Aunque ya lo conoce, es probable que se pase de entusiasta y termine cocinándole lo que él quiera.
Rebecca aceptó la copa con un movimiento de cabeza y un “gracias” bastante emotivo. Henry, en cambio, se quedó de pie unos segundos, desconcertado, antes de acercarse a ella.
Cuando el gerente finalmente se retiró, Rebecca se quitó el chal de seda que llevaba sobre los hombros y lo dejó caer sobre el respaldo de una de las sillas. Caminó despacio hasta el ventanal, contemplando la ciudad como si fuera dueña de ella. Mientras, a solo unos pasos, su exesposo la miraba como si se le fueran a salir los ojos de un momento a otro.
—¿Este es el trato que le dan a los clientes preferentes en el Maud? —preguntó al fin, intentando no sonar irónico, aunque en realidad lo embargaba una mezcla de curiosidad y desconcierto.
“…es un honor tenerla aquí esta noche, como siempre”. ¿Cuántas veces había ido Rebbeca al restaurante más exclusivo de la ciudad?
“…de los negocios hablaremos otro día”. ¿De eso se trataban los “libros” que había mencionado el gerente?


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