CAPÍTULO 50. De una vez por todas
Henry salió del restaurante con el estómago revuelto y la cabeza hecha un torbellino. La brisa nocturna le pegó de frente y por un segundo pensó que lo ayudaría a despejarse, pero apenas consiguió sentirse más mareado. Afuera, como no podía ser de otra forma, lo esperaba Camilo, recargado en la puerta de un auto oscuro, con esa sonrisa descarada que parecía no borrarse nunca de su rostro.
—Soy su transporte esta noche, señor conde —se burló, alzando una ceja—. Dígame, ¿quiere que lo lleve a un bar o a un hospital directamente?
Henry bufó, cansado, aunque por cómo se sentía era posible que terminara en un hospital con otro ataque cualquier cosa.
—Quiero ir a algún lugar donde pueda respirar —murmuró y Camilo cambió la cara por una expresión levemente más seria.
—Entonces súbete —le dijo abriendo la puerta del copiloto con un ademán seguro—. Después mando a alguien por tu coche.
Henry no discutió. Se subió al auto como si pesara una tonelada y dejó que Camilo lo sacara del bullicio de la ciudad. Él conducía sin prisa, como si supiera que Henry necesitaba ese silencio denso para poner en orden la maraña de pensamientos.
La ciudad quedó atrás y pronto subieron por una carretera oscura, llena de curvas. Al final llegaron a uno de los miradores que Henry conocía desde adolescente. El sitio estaba cerrado, pero Camilo se coló con la misma facilidad con la que solía saltar muros en su juventud, y se sentaron en la baranda, con las luces de la ciudad extendiéndose a sus pies como un manto titilante.
Camilo sacó un six de cervezas de una bolsa y le pasó una.
—¿Recuerdas cuando veníamos aquí siendo unos mocosos? —preguntó, con un brillo nostálgico en los ojos.
Henry sostuvo la botella sin abrirla.
—Sip… parece que pasó mucho tiempo desde la última vez que fui feliz.
—¡Carajo, siempre tan dramático! —Camilo dio un trago largo antes de mirarlo de reojo, pero si su mejor amigo quería drama, ¡para eso estaba él!—. ¿Ya terminaste de leer el diario de Rebecca? —lo increpó y Henry negó con la cabeza.
—No. Y encima, ella me aconsejó que no lo hiciera. Dice que es la historia de los noventa y nueve besos que me dio y que ninguno fue bueno.
—¡Lo sabía! Sabía que eras pésimo besando —Camilo lo miró divertido, pero de repente otra idea le cruzó por la cabeza—. ¿Julie Ann alguna vez supo de ese acuerdo?
—Claro que no —contestó Henry de inmediato, con un gesto casi ofendido—. ¿Crees que iba a decirle que besaba a Rebecca una vez a la semana? ¿Te imaginas?
Camilo soltó una carcajada seca.
—Pues ahí tienes tu problema, hermano.
Henry lo miró con el ceño fruncido.
—¿Mi problema?
—Sí. —Camilo le dio otro trago a la cerveza y lo señaló con el cuello de la botella—. Cuando éramos jóvenes tenías agallas. Hacías lo que tenías que hacer sin andarte con medias tintas. Pero ahora… mírate. Te hiciste millonario por ser implacable, ¿en qué momento se te olvidó? ¡Ahora andas lloriqueando como una niñita a la que le quitaron la muñeca!
Henry lo fulminó con la mirada, pero no tuvo fuerza para responder.


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