AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 50. Una dolorosa sospecha
El rostro de Lea se transformó por completo. De sorpresa pasó a rabia pura en cuestión de segundos, como si alguien hubiera encendido un interruptor interno. Carter notó cómo su expresión se endurecía, cómo los músculos de su mandíbula se tensaban hasta marcarse bajo la piel.
—¿Chelsea? —repitió ella con un tono que parecía un gruñido, inclinando ligeramente el cuerpo hacia adelante como si tuviera que reafirmar lo que había escuchado—. ¡¿Chelsea está viviendo contigo desde el accidente?! ¿Estás diciendo que ella se quedó en tu casa? ¿Ella te cuidó?
La incredulidad teñía su voz; sus ojos ardían con un brillo perturbador.
—Sí —respondió Carter, cruzándose de brazos y manteniendo la mirada firme, aunque por dentro un escalofrío le recorría el pecho; odiaba cuando Léa se ponía así—. Y te pido que me dejes en paz. No tengo tiempo para esto, en serio.
Ella abrió los ojos como si acabara de recibir un golpe invisible. El pecho le subía y bajaba con una respiración agitada.
—¿Tiempo para esto? —repitió, dando un paso hacia él; sus manos temblaban ligeramente, como si contuviera una mezcla de rabia y desesperación—. ¡Maldición, Carter! —explotó como si fuera un atado de dinamita—. ¡¿Cuándo carajos te vas a convencer de que nadie va a quererte como yo?!
Esas palabras fueron como una bofetada para Carter. El aire pareció estancarse alrededor de ellos. Se quedó mirándola, espantado, sintiendo un frío extraño recorrerle la columna. No era la primera vez que Léa se comportaba de forma posesiva con él, pero nunca había llegado tan lejos. Incluso su postura le parecía distinta, rígida, casi amenazante.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó en voz baja, incrédulo; sintió el corazón latir un poco más rápido y la necesidad urgente de poner distancia entre ellos.
Pero Léa le sostuvo la mirada como quien suelta una verdad que llevaba años atorada en la garganta. Sus ojos brillaban con algo que a él no le gustó nada.
—¡Lo que escuchaste! —dijo con un hilo de voz, aunque cargado de convicción, moviendo apenas los labios como si temiera que alguien más pudiera oírla—. ¡Nadie puede quererte como yo! ¡Nadie! ¡Y tú lo sabes, aunque quieras fingir lo contrario!
Carter sintió náuseas. La imagen de Emily apareció en su mente tan clara como una fotografía: Emily sonriendo mientras cocinaba, Emily riendo con él en el porche, Emily abrazándolo después de un día difícil, Emily muerta. El contraste entre esos recuerdos y lo que Lea estaba diciendo le apretó la garganta de forma dolorosa, porque Léa había estado en muchos de esos momentos que él había compartido con su esposa, y no podía creer que durante todo ese tiempo ella lo hubiera mirado de una forma diferente.
—Cállate —le dijo él, retrocediendo un paso; y levantó una mano como pidiendo espacio—. Por favor, cállate. Estás hablando de más. Recuerda que tu hermana… ¡que Emily, fue mi mujer! ¡Mi esposa! ¿Cómo puedes…?
—¡Lo sé! —respondió Léa, apretando los labios y respirando rápido; su rostro estaba rígido, su mirada fija, casi desafiante—. ¡Pero eso no cambia nada! ¡Yo siempre fui mejor para ti! ¡Siempre lo supe… y tú también!
La cabeza de Carter empezó a zumbar. Siguió retrocediendo ligeramente, como si su instinto le gritara que esa conversación podía volverse peligrosa. Se acordó de las voces la noche del accidente. Esa frase que había escuchado entre la niebla, dicha por Roy: “Por suerte tuvimos ayuda para encargarnos de la última embarazada”.
El estómago se le revolvió como si hubiera tragado veneno.
—¿¡Qué diablos acabas de decir?! —preguntó, mirándola como si la viera por primera vez; su voz salió grave, cargada de sospecha y horror. Sintió cómo se le endurecía el pecho, como si necesitara prepararse para un golpe.
—¡Lo que siempre he pensado! —replicó ella, levantando la barbilla, aunque su mano se crispó a un lado del cuerpo; parecía debatirse entre sostener su postura o huir—. ¡Llevo años esperándote, años! ¡¿Y ahora resulta que te encamas con otra!? ¡¿Por qué no puedes mirarme!? ¡¿Por qué no me miras nunca!?
—Léa… —Carter sintió la piel erizarse, como si una ráfaga fría hubiera atravesado el bosque—. ¿Tú…? ¿Tú hiciste algo? ¿Te atreviste a hacerle algo a Emily? ¿Jugaste algún papel en lo que le pasó?


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