CAPÍTULO 54. Una onda de mal karma
Rebecca trabajaba concentrada en su oficina, con la chaqueta colgada del respaldo de la silla y el cabello recogido a medias, como si hubiera olvidado terminar de atárselo. A su alrededor, el equipo iba ocupando las otras oficinas: teclas aporreándose, puertas que se abrían y cerraban, el murmullo de las impresoras al fondo. El edificio sede de Industrias Callaway se iba llenando de vida poco a poco, aunque todavía nadie sabía que el antiguo dueño ya era un hombre libre y listo para entrenar a la nueva dueña como si fuera un tiburón en aguas de sardinas.
Rebecca había pasado la mañana afinando presupuestos y aprobando contratos cuando escuchó el golpecito impaciente de unos nudillos.
—Pasa —dijo sin levantar la vista, y Seija entró como un torbellino, con una carpeta en la mano y esa sonrisa traviesa que anunciaba problemas… o chismes de primera.
—¡Te traigo novedad fresca! —canturreó, dejando caer una tableta grande sobre el escritorio—. Las cámaras del almacén de la 371 de Maddison Drive reportaron una irrupción hace unos días.
Rebecca alzó una ceja, apoyó el bolígrafo y giró la pantalla hacia Seija.
—¿Y quién fue el genio? —preguntó mientras una leve sonrisa se perfilaba en su rostro—. ¡Déjame adivinar! ¡Henry!
—¡Por supuesto que fue el idiota de tu ex! —soltó Seija, sin anestesia—. Y no fue solo: se metió con el otro idiota, el papucho hermoso sabrosísimo de Camilo.
Rebecca no pudo evitar reírse porque sabía que desde mucho antes de su matrimonio, cuando Seija era su mejor amiga y Camilo era el mejor amigo de Henry, ya desde ese momento el odio visceral y perfectamente disimulado entre esos dos sacaba chispas.
—Sí, ya sabía que esos dos habían vuelto a las andadas juntos.
—¡Pues amén, hermana, porque si no, no sé cómo habría sobrevivido tu ex. Literalmente Camilo lo sacó medio muerto del almacén. Mira.
Pasó el dedo por la pantalla y le mostró el video donde aparecían los dos hombres, Henry tambaleante, con un brazo sobre los hombros de Camilo que lo llevaba casi a rastras. Rebecca frunció el ceño; le resultó imposible leer la escena sin que se le encogiera un poco el estómago, mezcla de rabia y lástima.
—No me digas —murmuró, ajustándose las mangas—. Qué necesidad…
—Espérate, que hay más —Seija deslizó la pantalla hacia una nueva ventana y le mostró un documento escaneado—. Lo tuvieron que admitir en el hospital menos de quince minutos después. Ataque de pánico. Hubo un momento en que incluso pensaron que era un infarto.
Rebecca, incrédula, soltó una risa seca que no le llegó a los ojos.
—¿Se puso así solo por ver una computadora? —dijo, intentando mantener un tono neutro que la traicionó con una nota de ironía.
—Creo que más bien por ver como veinte mil computadoras que no sabía que tú tenías —aclaró su amiga.


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